Los pasos del héroe

por Memoria de Alejandro Magno

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 I

LA HERENCIA MÍTICA

Al igual que su madre, Alejandro creció en el misterio.Su espí­ritu quiso lo que quiso y no hubo para él obstáculo que le impidiera buscarlo en el pequeño universo inventado por Greciay codiciado después por los sucesores de Ciro.Cultivó su pro­pio saber al lado del adquirido y en el camino atinó con la intui­ción que lo acompañó al decidirse por lo desconocido sin más guía que la necesidad de llegar a algo.Avanzar, ir más allá y abarcar lo imposible eran sus metas.El movimiento era en sí el heraldo que corroboraba los triunfos; y la patria, una entidad sin fronteras para alojar el espíritu griego.No importaba cuán poderosos fueran los dioses de los vencidos ni cuánto influye­ran los nobles en cada región, Alejandro de Macedonia, sin combatirlos directamente ni agredir su legítima posición que conservaban en lo secundario, imponía las leyes helenas bajo regímenes tributarios.

Con ser necesarios, el caballo, la espada y el manto real no conformaban lo indispensable a su naturaleza guerrera.Le falta­ban el gobierno de hombres contados por miles, la sensación de llenar el mundo con su presencia y la certidumbre de sentir en sus venas el sagrado líquido de los dioses.Anhelaba, además, colmar su apetito de eternidad con la creación de una patria tan grande, diversa y unificada que nadie jamás la ignorara ni pensara la idea del Estado sin detenerse en la edad que él fundó con los rudimentos legados por un aprendizaje temprano.

El azar lo empujó.Cedió al llamado del Hado, aunque dentro de sí llevaba el torbellino que lo implicaba en la lucha.Com­prendió desde niño que, nacido del malestar en tiempo de turbulencia, sólo sería fiel a las perturbaciones del movimiento.Por eso iba Alejandro a la conquista de un pueblo menor que lo encaminaba a otro mayor hasta atesorar los dominios más codi­ciados del Medio Oriente, entonces en manos del yugo persa, un imperio que abarcaba los linderos de China por el noreste, en el sur los cursos más accesibles del Indo y toda la región del Egeo, incluidas las islas y el Egipto, que se decían don del Nilo.Por eso iba absorbiendo los usos y el malestar de la época, y por eso también desarrolló una peculiar defensiva-ofensiva ante el enemigo que lo hicieron único e irrepetible.Para él, no resguardó el destino ninguna actitud comprensiva.Ignoró todo lo referente a la compasión, pero supo rendir honores divinos al mancillado Darío, quien cayó a manos de criminales cuando le correspondía encarecer su derrota durante un encuentro frontal con su con­trincante.

Ridiculizado con severidad por los griegos a causa de sus aliños afeminados, detestado por sus excesos y temido por los alcances voluntaristas de su carácter, Alejandro el Grande se afamó por las mismas razones que lo desprestigiaron en trece años que duró su carrera, una carrera emprendida en Pela hacia los dieciocho de edad y concluida a los treinta y tres en su pala­cio de Babilonia, entre signos inusitados de deterioro.A su muerte, y antes de que su cuerpo se enfriara, estalló un hervide­ro de sediciones y guerras civiles.Sobre sus restos arreciaron también las rebatiñas territoriales, los juicios condenatorios de los vencidos y un enredo interpretativo entre la memoria y la desmemoria de sus acciones que devino en hoguera política y determinó la división de sus reinos.

En su hora, dijeron los más avezados que Alejandro era tan fuerte como el intrépido Aquiles; sagaz y perverso como sus padres, aunque sin la abierta crueldad que adquirió de la sangre materna; justo en las asambleas; autoritario en el mando; seduc­tor al grado de inspirar panegíricos, obras monumentales e histo­rias eslabonadas a la profecía del pasado; heroico y batallador, a la altura de las gestas homéricas; primitivo cuando daba rienda suelta a sus instintos, a pesar de la cultura y los gustos refinados que adquirió por mediación de mentores que se tenían por insu­perables; susceptible al influjo de los halagos; vanidoso como el que más y tan débil que aun un modesto profeta podía vulnerar­lo con anticipos nefastos.Frágil como era ante los signos sagra­dos, aprendió sin embargo a atemperar el acaso a las exigencias impuestas por la aventura, y supo revertir contra el adversario la interpretación más temible al filo de las batallas.

En las enseñanzas de su maestro de ética, el pequeño Alejan­dro advirtió el incomprensible trasfondo de un orden políti-co que su padre ensanchó esgrimiendo impíamente la espada para que sus contemporáneos elevaran el control monárquico a prin­cipio de Estado.Amó la poesía y su cauda de símbolos al grado de imaginar una urbe tan blanca y gloriosa que, de haberla visto construida, la envidiaría el mismo Fidias.Incursionaba en lo des­conocido con una mezcla curiosa de voluntarismo y deseo de vencer incidentes imprevisibles, a pesar de que nunca lo aban­donara el temor de los agüeros.Parecía estar ahí, al acecho del paso siguiente, a la cabeza de sus ejércitos y con el ojo alerta a la continuidad sorpresiva.Dejaba su huella en veredas y puentes.Edificaba poblados bajo leyes viejas y nuevas, sin desatender la importancia civilizadora del mestizaje ni menospreciar la fuerza renovadora de las reformas sociales.Asimilaba vicios locales con el mismo vigor que ponía en acrecentar el culto de las deida­des griegas y no desdeñaba recursos al imponer sistemas de mando aprovechando el control de sus autoridades legítimas.Se deleitó con los cantos de los rapsodas y con las danzas ceremo­niales.Le fascinó el estrépito militar y el recuento de las hazañas a la hora de los convites.Se hizo seguir de cronistas e historia­dores para que registraran en varias lenguas hasta los pormeno­res de sus méritos personales.Quiso la suerte, no obstante, que se perdieran las líneas de las etapas esenciales de su carrera y en vez de narrar los episodios castrenses, las tablillas, los rollos o los papiros se detuvieran a novelar la aureola de gloria que des­lumbraba u horrorizaba por su luz negra que sólo se atrevieron a revelar los artistas de las siguientes generaciones.


Creó Alejandro un imperio sin precedentes; sin embargo, mientras agonizaba, descubrió que nada es inamovible ni per­manente.Nadie pudo entender las últimas frases que susurraba al oído de un pobre paje, porque las palabras se perdían en la oscuridad mientras él atesoraba los últimos vestigios de luz para sellar su memoria.A golpes de vida vio en un instante su fulgu­rante aventura.Lo conminaban los mariscales a definir su he­rencia monárquica, pero Alejandro, atenazado por el dolor y las fiebres, no tuvo aliento para pensar los arrebatos de la codicia ni los límites de la envidia.Gastó sus últimas energías en su propio ajuste de cuentas frente a la determinación de las Moiras y mu­rió como vino al mundo: rodeado de magia y agitación, cercado por hombres que deseaban para sí aquel destino, apegado al misterio y con el nombre de su madre en los labios.

Quizá fue el furor que abrasaba su cuerpo, quizá la soledad que le calaba hasta el hueso o el insondable umbral de concien­cia que está reservado a los que se atreven con el abismo, pero lo cierto es que a él le fue negado el instante en que pudiera mirarse sin los atavíos de su genio.Se deslizó de este mundo bajo olea­das de voces que celebraban el culto del héroe o maldecían al conquistador que ocupó el altar reservado a los dioses.Por en­tre capas de adulación o exagerada grandeza, Alejandro vislum­bró entre estertores al Iskander originario de Macedonia, que fue lo que había sido antes de que su momia adquiriera las cua­lidades de una quimera: un hijo de la fantasía y del delirio gue­rrero, el más notable realizador de sueños, protagonista de un dramático ejemplo de humana ceguera y, como impulsado por un eje de sombras, un pobre rehén de su pánico a lo sagrado que lo hizo esclavo de intérpretes y agoreros, así como de heraldos, profetas y administradores de los presagios.

 Abundaron las falsas noticias del esplendor cuando su con­quista se amplió por el peso de la insinuación repetida.La historia no rescató un solo informe verídico con el que se pudiera des-lindar la leyenda de los hechos Su memoria engendró rumores que por igual se prestaron para nutrir el apetito de gloria de los panegiristas que el odio enconado de los fundamentalistas que no se fatigaban en la tarea de prodigar diatribas Visto a la distan-cia de los veintitrés siglos que han transcurrido desde su muerte, reconocemos al personaje congruente con la imaginación de un tiempo sensible a los mitos La multitud de prodigios, horrores, enfrentamientos y hallazgos que traman al personaje incita a in-clinarse en favor de la revoltura de ficción y realidad que dio pie a la leyenda que entusiasmó a los narradores de la Edad Media europea, quienes relataban de plaza en plaza hazañas sin cuento de un hombre que se soñó sobrehumano, hijo de Amón, bicor-ne y regente del Nilo, o tan insignificante en las cuestiones de amor que reservó a los secretos de alcoba las mejores escenas de su sensualidad perturbada por el influjo de los eunucos persas El miedo fue su motor Un miedo sutil al fracaso y no tan sutil tratándose de forzar los oráculos en favor del círculo de tinieblas que sembraba sus noches con figuraciones sangrientas y destellos de pesadilla en los que desfilaban Nectanebo y Filipo en el fondo de un pozo oscuro resguardado por perros babean-tes Iban Nectanebo con atavíos faraónicos y Filipo engalanado para las bodas que precedieron al crimen que enturbiaría su co-rona También vislumbraba a la vieja nodriza, a su maestro Aris-tóteles; evocaba la parra nudosa ascendiendo por las columnas de su palacio y al ciego enfundado en túnica blanca que recitaba para él los versos de la Ilíada De tan pesados, los párpados no le dejaban mirar ese cerco en penumbra que iba y venía del lecho a la región insondable de sus recuerdos En vano estiraba sus brazos dormidos y en vano llamaba a sus presencias amadas Antes del alborear despertaba con el gesto de la desolación en su rostro Ordenaba a sus pajes que le leyeran fragmentos de la épica griega Sosegado ya su espíritu, salía de su tienda y se reu-nía con los mariscales


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