La niña que adelantó el gran reloj

por Carlos Pascual

5 minutos

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–Y dígame, señora, ¿cómo va su embarazo?

–Extraño.

El médico dejó la pluma sobre el escritorio.

–¿Extraño?

–Muy extraño –insistió la mamá–. Han pasado cosas… raras desde que todo esto empezó.

El ginecólogo se mostró interesado, a la expectativa. Es­taba acostumbrado a que las mujeres embarazadas se quejaran de algunas dolencias, de no poder dormir, por ejemplo, de tener agruras, mareos, pero nada más extraño que eso.

–¿A qué se refiere con “cosas raras”, señora?

–Pues, no sé… –la mamá no atinaba a explicarse con cla­ridad–. Mire, hace unos meses, cuando vine aquí y usted me dijo que estaba embarazada…

–Sí, hace cinco meses…

–Bueno, pues… al día siguiente mi panza había crecido como si tuviera ya seis meses de embarazo…

–Por eso les recomiendo siempre que no tomen lácteos ni leguminosas, señora; las inflaman de inmediato…

 

–El problema no era la inflamación, como usted dice. El problema eran las constantes pataditas que me daba la bebé…

El médico no entendió.

–¿Cuándo empezó a sentir las pataditas?

–Al día siguiente de que vine a verlo.

–Pero… tenía usted dos o tres semanas de embarazo, señora.

–Pues me empezó a dar pataditas desde entonces…

El médico sonrió de manera condescendiente.

–Señora, eso es imposible. Hace cinco meses, su bebé no era más que un ovulito fecundado, ¿me explico? Y un ovulito no puede dar pataditas... porque todavía no tiene piernas, ni bracitos… ni nada… Es un ovulito así de chiquitito… –e hizo un gesto minúsculo con sus dedos pulgar e índice, como si no hubiese sido suficiente emplear tantos diminuti­vos al hablar.

–Pues a mí me da pataditas desde entonces –lo miróla mamá muy seria.

El doctor intentó jugar un poco.

–Caray, pues… ahora sus pataditas serán como de un ca­ballito, ¿no?

–No. Ya no me da pataditas…

–¿Cómo de que no? –se alarmó el médico–. ¿No se está moviendo o qué…?

–Ojalá fuera eso, doctor…

–¿Perdón…?

–¡Es que ahora corre por todo mi vientre! ¡Si fueran sólo pataditas, no me quejaría! ¡Pero siento como si estuviera ahí dentro jugando un partido de futbol! ¡Corre, salta, da de marometas! ¡Y no me salga con su broma de lo del caballito, porque no estoy para bromas! ¡Es una niña, no un poni! ¿Por qué no se está quieta? ¿¡Por qué no me deja dormir!?


La mamá estaba al borde del llanto. El médico le ofreció un pañuelo desechable y después empezó a hacer anotacio­nes en su agenda.

–Supongo que no está durmiendo bien, entonces…

–¿¡Y quién va a poder dormir con tanto ruido, doctor!?

–Eh… ¿ruido?

La mamá se enjugó una lágrima.

–Es que… si la niña no está corriendo, está cantando…

–¿Cantando…?

–¡Canta todo el día y toda la noche! ¡Y a todo pulmón, además! ¡Es un escándalo que me vuelve loca, doctor…! ¡Y peor se pone el asunto cuando lo hace meciéndose del cordón umbilical! ¿Quién se cree esta niña que es? ¿Tarzán? ¿Cree que puede columpiarse del cordón umbilical, cantan­do a todo volumen, a las tres de la mañana? ¡Y si no canta, se carcajea como una desaforada!

Ante la mirada del médico, ya francamente preocupado, la mamá agregó:

–Quiero que mi hija sea feliz, claro, como lo desean to­das las mamás, no me malinterprete… ¡pero también quiero dormir un poco! ¿Por qué no es una niña normal?

El médico tomó de nuevo su pluma, acercó el recetario y dijo con mucha cautela:

–Bueno, pues empecemos con unas gotitas de valeriana para tranquilizarnos, ¿le parece?

Pero la mamá no lo escuchaba.

–Es como si Isabella quisiera nacer ya… –dijo mientras miraba por la ventana que daba al jardín del hospital.

 

 

–¿Se va a llamar Isabella? –apuntó el médico sin mucho interés, mientras comenzaba a escribir y a repetir en baja voz, de manera muy lenta–: “Di-sol-veeer cin-co go-ti-tas de va-le-riaaaana en…”.

–Lo que le digo es cierto, doctor: Isabella está por nacer.

El médico se ajustó los anteojos y respiró con mucha cal­ma, dejando de nuevo la pluma sobre el escritorio.

–Señora, Isabella no puede nacer todavía. Está usted ape­nas en la semana veinticinco de gestación. Entiendo que esté preocupada por ser éste su primer embarazo, pero un parto así sería algo muy peligroso, algo que en realidad sería un… ¡Bueno! Y además, eso de que un bebé de veinticinco semanas nazca bien de salud es algo que yo nunca he visto… –enton­ces, señaló de manera juguetona al vientre de la mamá, como regañando–: Así que su bebita se tiene que quedar ahí den­tro, por lo menos, otras quince semanas, ¿eh?

La mamá se tocó los muslos por encima de su pantalón. Los sintió mojados.

–Pues eso dígaselo a Isabella, doctor, a ver si le hace caso a usted… porque ahí viene…

El médico se incorporó lentamente desde su asiento, y al mirar las piernas mojadas de la mamá, se puso tan blanco como la bata que traía puesta, abrió los ojos como nunca lo había hecho y salió corriendo de ahí, pidiendo a gritos que alguien le trajera una camilla y reservara un quirófano. Isabe­lla estaba por nacer.


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