La casa de las olas

por Jojo Moyes

7 minutos

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PRÓLOGO

Mi madre una vez me dijo que cualquier persona podía descubrir la identidad del hombre con quien se casaría pelando una manzana y tirando la piel, entera, por encima de su hombro. Parece ser que caía en forma de letra; o digamos, más bien, que eso era lo que ocurría en ciertas ocasiones. Mamá deseaba con tanta desesperación que las cosas encajaran que sencillamente se negaba a admitir que se pareciera a un siete o a un dos, y sacaba a relucir toda clase de «bes» y «des» donde no había nada. Incluso cuando yo ni siquiera conocía a un B ni a un D.

Sin embargo, no necesité manzanas con Guy. Lo supe desde el primer momento en que lo vi; supe que era su rostro con la misma certeza que sé cuál es mi propio nombre. Suyo era el rostro que me apartaría de mi familia, el que me amaría, me adoraría, y el que tendría preciosos bebés conmigo. Suya era la faz que yo contemplaría, sin palabras, mientras él repetía sus votos nupciales. Su cara sería la primera forma en desvelarse para mí por la mañana y la última en palidecer en el dulce aliento de la noche.

¿Acaso él tuvo conciencia de eso? Por supuesto que sí. Me rescató, ¿sabéis? Como un caballero, pero con la ropa manchada de barro en lugar de con una armadura brillante. Un caballero que apareció entre las sombras y me condujo a la luz. Al menos, a la sala de espera de la estación, en cualquier caso. Unos soldados me habían estado molestando mientras yo esperaba el último tren. Había asistido a un baile con mi jefe y su esposa, y perdí el tren. El caso es que esos chicos habían bebido lo indecible y no paraban de hablarme, hablaban sin cesar, sin aceptar un no como respuesta, a pesar de que yo sabía perfectamente que no era correcto charlar con soldados rasos, a pesar de que me alejé de ellos todo lo que pude y me senté en un banco que había en la esquina. Entonces fue cuando empezaron a acercarse a mí, hasta que uno de ellos me agarró, fingiendo que bromeaba. Yo estaba terriblemente asustada, porque era tarde y no alcanzaba a ver ni a un solo mozo de estación ni a nadie a quien poder recurrir en aquel lugar. Les repetía sin cesar que me dejaran en paz, pero ellos no me hacían ningún caso. No atendían a mis razones. En ese momento el mayor de ellos (el que tenía un aspecto más brutal) se apretó contra mí, con esa cara horrible y mal afeitada, y ese aliento apestoso, y me dijo que me poseería, tanto si yo quería como si no. Deseé chillar con todas mis fuerzas, pero la verdad es que no pude porque estaba absolutamente paralizada por el terror.

Entonces apareció Guy. Irrumpió en la sala de espera, le pidió explicaciones a ese hombre y le dijo que iba a propinarle una paliza de padre y muy señor mío. Luego se cuadró y se enfrentó a los tres, y ellos empezaron a insultarle, incluso uno lo amenazó con los puños, pero al cabo de un rato, haciendo gala de la cobardía que los caracterizaba, siguieron insultándole y echaron a correr.

Yo estaba temblando, y no lograba dejar de llorar; entonces él me ofreció una silla para que descansara y me dijo que iba a buscarme un vaso de agua, que me sentaría bien. Fue muy amable. Se mostró tan dulce... Me dijo incluso que se quedaría conmigo hasta que llegara mi tren, y lo hizo.

Fue en ese lugar, bajo las luces amarillentas de la estación, cuando miré su rostro por primera vez. Quiero decir, cuando lo miré en realidad. Supe entonces que era él. Era él, sin duda alguna.

Mamá, tras habérselo contado, peló una manzana para comprobarlo, y tiró la piel por encima de mi hombro. A mí me pareció que se trataba de una D. Mamá siempre me ha jurado que era clarísimo que se trataba de una G. No obstante, en esos momentos ya estábamos muy lejos de creer en manzanas.

PRIMERA PARTE

1

Freddie se había vuelto a encontrar mal. En esa ocasión, por culpa del césped, según parecía. Aquello formaba un charco esmeralda y espumoso en una esquina, cerca de la cómoda, y se podían ver algunas hojas todavía intactas.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo, imbécil? —gritó Celia, que acababa de pisarlo con las sandalias de verano—. No eres precisamente un caballo.

—Ni una vaca —remedó Sylvia, echándole un cabo desde la mesa de la cocina, donde estaba pegando laboriosamente fotografías de electrodomésticos en un cuaderno.

—Ni un asqueroso animal. Deberías comer pan, y no hierba. Pasteles. Cosas normales. —Celia se sacó la sandalia y la sostuvo, con el índice y el pulgar, encima del fregadero de la cocina—. ¡Aj! ¡Eres asqueroso! ¿Por qué siempre estás haciendo tonterías? Mamá, díselo tú. Al menos, lo que podría hacer es limpiarlo todo.

—Haz el favor de limpiarlo, Frederick, cielo.

La señora Holden, sentada en la butaca de respaldo alto que había junto a la chimenea, revisaba el periódico para saber cuándo habían programado la siguiente emisión de Dixon of Dock Green. Había resultado ser uno de los pocos consuelos que le quedaban desde la dimisión del señor Churchill, y de la última historia de su marido. Claro que solo mencionaba al señor Churchill. «Al igual que la señora Antrobus —solía decirle a Lottie—, he visto todos los episodios desde el principio, y las dos consideramos que el programa es francamente maravilloso.» Claro que tanto ella como la señora Antrobus eran las únicas personas de la avenida Woodbridge que poseían un televisor, y se complacían lo suyo contando a sus vecinas lo fantásticos que eran casi todos los programas.

—Límpialo todo, Freddie. ¡Puaj! Por qué tengo que tener un hermano a quien le guste la comida para animales?

Freddie estaba sentado en el suelo, junto a la chimenea apagada, e iba empujando un camioncito azul adelante y atrás por la alfombra, cuyos bordes se levantaban con el movimiento.

—No es comida para animales —musitó satisfecho—. Dios dice que hay que comerla.

—Mamá, ahora usa el nombre de Dios en vano.

—No deberías mentar a Dios —dijo Sylvia con resolución mientras pegaba una batidora en el papel malva del azúcar—. Te partirá un rayo.

—Estoy segura de que Dios no se refería al césped, en realidad, Freddie —intervino distraída la señora Holden—. Celie, cariño, pásame las gafas antes de irte. Estoy convencida de que la letra de estos periódicos cada vez es más pequeña.

Lottie esperaba pacientemente junto a la puerta. Esa tarde se había cansado bastante y necesitaba salir desesperadamente. La señora Holden había insistido en que ella y Celia la ayudaran a preparar unos merengues para el mercadillo de la iglesia, a pesar de que ambas chicas odiaban la repostería, y que Celia de algún modo había logrado zafarse a los diez minutos pretextando un dolor de cabeza. Por consiguiente, Lottie había tenido que escuchar las manías de la señora Holden sobre las claras de huevo y el azúcar, y fingir no darse cuenta del aleteo ansioso de sus manos ni de sus ojos bañados en lágrimas. Finalmente, sin embargo, aquellos horribles dulces terminaron por cocerse y ajustarse a los moldes, y cuando ya estaban protegidos con papel vegetal, entonces... ¡sorpresa, sorpresa! El dolor de cabeza de Celia desapareció milagrosamente. La muchacha se volvió a calzar la sandalia y le hizo una seña a Lottie para que se marcharan. Se echó la chaqueta de punto sobre los hombros y se atusó el pelo con rapidez ante el espejo.

—Niñas, ¿adónde vais?

—A la cafetería.

—Al parque.

Celia y Lottie hablaron a la vez, y se quedaron mirándose mutuamente con una sensación de muda alarma reprobatoria.

—Vamos a los dos sitios —dijo Celia con decisión—. Primero al parque, y luego a tomar un café.

—Van a besarse con chicos —terció Sylvia, todavía inclinada sobre sus recortes. Se había metido la punta de una de las trenzas en la boca, y de vez en cuando la iba sacando, mojada y sedosa—. Mmmmuuuuac. Mua. Mua. ¡Puaj! ¡Mira que besarse!

—Bueno, no toméis demasiado café. Ya sabéis que os pone bastante tontas. Lottie, querida, asegúrate de que Celia no tome demasiado, dos tazas como máximo. Y volved antes de las seis y media.

—En clase de religión nos han explicado que Dios dice que la tierra nos proveerá de sus frutos —dijo Freddie, levantando la vista.

—¿Sí? Pues fíjate lo malo que te has puesto comiendo eso —replicó Celia—. No puedo creer que no se lo hagas limpiar, mamá. Este crío consigue librarse siempre de todo.

La señora Holden aceptó las gafas que le ofrecían y se las colocó despacio en la nariz. Tenía la mirada de esas personas que consiguen mantenerse a flote en mares embravecidos a base de insistir contra todo pronóstico en el hecho de que, en el fondo, se encuentran en tierra firme.

—Freddie, ve a pedirle a Virginia una bayeta, por favor. Sé bueno. Celia, cariño, no seas tan antipática. Lottie, bájate la blusa, guapa. Tienes un aspecto extraño. Veamos, niñas, supongo que no iréis a contemplar boquiabiertas a los recién llegados, ¿verdad? No nos conviene darles la impresión de que los habitantes de Merham somos una especie de campesinos, plantados ahí delante y observándolos con la boca abierta.

Un silencio breve reinó en la sala, y en ese intervalo Lottie vio que las orejas de Celia se ruborizaban y adquirían un ligero matiz sonrosado. Las suyas ni siquiera estaban calientes: era el resultado de haber perfeccionado sus negativas durante muchos años y ante interrogadores más aviesos.

—Cuando salgamos de la cafetería, volveremos directamente a casa, señora Holden —dijo Lottie con firmeza. Claro que esa respuesta podía significar cualquier cosa.

Era ese sábado crucial de vacaciones, el día en el cual los que llegaban en trenes procedentes de la calle Liverpool se cruzaban con los que, solo un poquito menos pálidos, regresaban de mala gana a la ciudad. En esa época, las aceras estaban sembradas de niños que arrastraban carretas de madera construidas a toda prisa para poder cargar hasta los topes los abultados equipajes. A sus espaldas, hombres agotados con sus mejores trajes de verano daban el brazo a sus esposas, contentos, gracias a unos cuantos peniques, de poder empezar sus vacaciones anuales como reyes; o al menos, sin tener que cargar con las maletas hasta sus residencias.

Por consiguiente, su llegada no tuvo demasiados testigos, más bien pasó completamente desapercibida. Con la excepción, por supuesto, de Celia Holden y Lottie Swift. Las muchachas se sentaron en el banco del parque municipal, desde el cual se divisaban los cuatro kilómetros de línea costera de Merham, para contemplar, enfervorecidas, la camioneta de las mudanzas, cuyo capó verde oscuro, apenas visible tras los pinos escoceses, brillaba bajo el sol de la tarde.

Los rompeolas se extendían hacia la izquierda, más abajo, como los dientes oscuros de un peine, y la marea avanzaba y retrocedía sobre la arena mojada, manchada de figuritas que plantaban cara a vientos fieros, impropios de la estación. La llegada de Adeline Armand, tal y como decidieron las chicas más tarde, había sido un evento comparable a la llegada de la reina de Saba. Es decir, lo habría sido si la reina de Saba hubiera elegido un sábado para hacer su aparición: el sábado de la semana más ajetreada de la temporada estival de Merham. Eso significaba que toda esa gente (las señoras Colquhoun, los Alderman Elliott, las dueñas de las tiendas de la zona comercial y otros como ellas), en quien se podía confiar para que informaran sobre el estilo extravagante de los recién llegados, —que venían con cargamentos enteros de baúles, pinturas enormes que no representaban a los miembros de la familia, ni escenas de caballos al galope, sino que dejaban traslucir manchones inmensos de color sin orden ni concierto, y un número desproporcionado de libros y artefactos que obviamente eran extranjeros—, no estarían parapetados en silencio junto a las verjas de sus casas, fijándose en la continuada procesión que desaparecía en el interior de la casa art déco que había junto a la playa y que llevaba tanto tiempo vacía. Estarían haciendo cola en la tienda del carnicero Price, en la calle Marchant, o bien apresurándose para asistir a la reunión de la Asociación de Casas de Huéspedes.

—La señora Hodges dice que pertenece a una rama lejana de la realeza. Húngara, o algo por el estilo.

—Bobadas.

—Te lo digo de verdad —protestó Celia, mirando a su amiga con los ojos muy abiertos—. La señora Hodges habló con la señora Ansty, que conoce al abogado o quienquiera que sea que se encarga de la casa, y le dijo que es una especie de princesa húngara.

A sus pies, unas pocas familias se habían apropiado de los escasos metros de playa que había entre ellas, y se las veía instaladas detrás de tensados paravientos a rayas, o bien cobijadas en las cabañas de la playa para protegerse de la borrascosa brisa marina.

—Armand no es un nombre húngaro —puntualizó Lottie, llevándose la mano al pelo para impedir que le diera en la boca.

—¿Ah, sí? ¿Y tú como lo sabes?

—Porque es de perogrullo. ¿Qué iba a hacer una princesa húngara en Merham? Se habría ido a Londres, seguro; o al castillo de Windsor, pero no habría ido a parar a un lugar de mala muerte, recóndito y mustio como este.

—A tu barrio de Londres, seguro que no —matizó Celia con un tono de voz rayano en el desprecio.

—Es cierto —concedió Lottie—. A mi barrio de Londres, no.

Ningún personaje exótico procedía del barrio de Londres donde vivía Lottie, un suburbio orientado al este con fábricas diseminadas anárquicamente y erigidas a toda prisa que limitaban con la fábrica de gas, por un lado, y con varios acres de ciénagas inmundas, por el otro. La primera vez que la evacuaron a Merham, durante los primeros años de la guerra, había tenido que ocultar su incredulidad cuando los compasivos habitantes del pueblo le preguntaban si extrañaba su barrio. Tampoco lograba disimular su desconcierto cuando luego le preguntaban si echaba de menos a su familia. Por lo general, sin embargo, dejaban de insistir al poco rato.

De hecho, Lottie regresó a su casa y permaneció en ella durante los dos últimos años de la guerra, pero más tarde, tras una serie de cartas enfebrecidas entre Lottie y Celia, y la creencia mil veces pronunciada por la señora Holden de que no solo era bueno que Celia tuviera una amiguita de su edad, sino que «uno tiene que aportar su granito de arena a la comunidad, ¿no os parece?», la invitaron a regresar a Merham, al principio para pasar las vacaciones, y poco a poco, cuando las vacaciones se alargaron hasta invadir el período escolar, por su propio bien. En esos momentos Lottie ya había sido aceptada como un miembro más de la familia Holden; no como una pariente quizá, tampoco como una igual (nunca lograba uno desprenderse del todo de ese acento de extrarradio), sino como alguien cuya presencia continuada en el pueblo no sorprende a nadie. Por otro lado, Merham solía ser un lugar que la gente elegía para no regresar a casa. El mar tenía un poder transformador.

—¿Les llevamos algo? ¿Unas flores? Así tendremos una excusa para entrar.

Lottie habría podido jurar que Celia se sentía incómoda por su comentario, y ahora le dedicaba lo que la muchacha consideraba su sonrisa de Moira Shearer, la que dejaba ver sus dientes inferiores.

—No tengo dinero.

—No me refiero a las que se compran en la tienda. Tú sabes dónde podemos encontrar preciosas flores silvestres. Siempre le llevas muchas a mamá.

Lottie se percató de que había un ligero matiz de resentimiento en la última frase. Las dos muchachas se levantaron del banco y empezaron a caminar hacia los límites del parque, marcados por una barandilla de hierro forjado que indicaba el comienzo del sendero del acantilado. Lottie solía tomar esa ruta las tardes de verano cuando el ruido y la histeria contenida de la casa de los Holden se hacían insoportables. Le gustaba oír a las gaviotas y a los guiones de codornices surcando el aire en lo alto, y recordar quién era. La señora Holden habría considerado esa clase de introspección antinatural o, por lo menos, excesivamente complaciente, y cogerle ramitos de flores era un recurso muy útil para Lottie. Sin embargo, los casi diez años de convivencia en casa ajena le habían inculcado una cierta astucia; una sensibilidad frente a las potenciales turbulencias domésticas que no dejaba traslucir el hecho de que todavía no hubiera salido de la adolescencia. Lo más importante, sin embargo, era que Celia nunca la considerara una competidora.

—¿Has visto cuántas sombrereras llevan? Debo de haber contado siete al menos —dijo Celia agachándose—. ¿Cojo esta?

—No. Esas se marchitan en segundos. Coge las púrpura. Las que están ahí, junto a la roca grande.

—Debe de tener montañas de dinero. Mamá dice que se necesita muchísimo dinero para todo esto. Habló con los decoradores y le dijeron que era una verdadera pocilga. No había vivido nadie ahí desde que los MacPherson se mudaron a Hampshire. De eso debe de hacer... ¿Qué crees?, ¿unos nueve años?

—No lo sé. Nunca conocí a los MacPherson.

—Más sosos que el pescado hervido, los dos. Ella calzaba un cuarenta y tres. La casa no tiene ni una sola chimenea decente, según la señora Ansty. Las destrozaron todas.

—Los jardines están completamente abandonados.

Celia se detuvo.

—¿Cómo lo sabes?

—He ido unas cuantas veces. De paseo.

—¡Serás pilla! ¿Por qué no me has llevado contigo?

—Nunca quieres caminar.

Lottie dirigió su mirada a la camioneta de las mudanzas y sintió un espasmo silencioso de excitación. Estaban muy acostumbradas a que viniera gente (Merham era un pueblo de temporada, a fin de cuentas; cada temporada iba aderezada con nuevos visitantes, cuyas llegadas y salidas crecían y decrecían como la misma marea), pero la perspectiva de que la casa grande volviera a estar ocupada había añadido un cierto aliciente inquietante a la última quincena.

Celia se volvió para contemplar las flores. Mientras las disponía en su mano, el viento jugueteaba con su pelo como si fuera una sábana dorada.

—Creo que odio a mi padre —observó en voz alta, con los ojos fijos de repente en el horizonte.

Lottie permaneció quieta. Las cenas de Henry Holden con su secretaria no eran algo de lo que se sintiera capacitada para opinar.

—Mamá es tan estúpida. Se limita a fingir que nada ocurre. —Hubo un breve silencio, interrumpido por el burdo chillido de las gaviotas que planeaban encima de ellas—. ¡Dios, no veo el momento de marcharme de este lugar!

—A mí me gusta.

—Sí, pero tú no tienes que presenciar cómo tu padre se pone en ridículo. —Celia se volvió hacia Lottie y alargó una mano hacia ella—. Toma. ¿Crees que ya hay suficientes?

Lottie miró detenidamente las flores.

—¿De verdad quieres ir ahí?, ¿para mirar boquiabierta sus cosas?

—¡Oh, y tú no, claro! ¡Mira, la madre superiora...!

Las dos muchachas se sonrieron, y luego corrieron hacia el parque municipal, con las chaquetas de punto y las faldas volando al viento.

El paseo que conducía a Casa Arcadia fue circular en un tiempo; los vecinos que quedaban todavía podían recordar las procesiones de coches bajos y largos que se detenían con un mordisco crujiente de grava ante la puerta principal, luego daban la vuelta por la simpática curva y salían por el camino. Había sido una casa importante, muy bien enclavada en el barrio bueno del pueblo (distinción tan remarcable que las casas de Merham se anunciaban como ubicadas en el «interior» o en el «exterior»). La había construido Anthony Gresham, el hijo mayor de los Walton Gresham, al volver de Estados Unidos tras haber amasado una fortuna con la creación de una pieza de motor común y corriente que le compró General Motors. Deseaba que se pareciera a la casa de una estrella del cine, solía explicar con grandilocuencia. Había visto una casa en Santa Mónica, propiedad de una actriz famosa del cine mudo, que era alargada, baja y blanca, con grandes extensiones de cristal y ventanitas en forma de ojos de buey. A su entender, aquello era el compendio del glamour, de otros mundos nuevos y de un futuro brillante y valiente (un futuro como, irónicamente, no fue el suyo: murió a los cuarenta y dos años arrollado por un automóvil. Un Rover). Cuando terminó de construirse la casa, algunos habitantes de Merham quedaron muy sorprendidos ante tanta modernidad, y se quejaron en privado de que, en cierto modo, esa vivienda no era «adecuada». Por consiguiente, cuando los siguientes propietarios, los MacPherson, se mudaron unos años después y la casa quedó vacía, la mayoría de los habitantes más antiguos del pueblo se sintieron curiosamente aliviados, aunque no se atrevieran a confesarlo. En la actualidad la cara septentrional del paseo estaba inundada por la vegetación, una maraña de zarzas y saúcos que terminaban repentinamente junto a la verja que, en el pasado, condujera al sendero de la playa. El panorama originaba una exhibición de chirriantes cambios de marchas y juramentos por parte de los conductores de las camionetas de mudanzas que, tras haber descargado la última de las cajas embaladas, estaban intentando dar marcha atrás para esquivarse unas a otras y salir al camino, parcialmente bloqueado por un coche que había entrado tras ellas.

Lottie y Celia se quedaron de pie unos instantes, contemplando las caras moradas y los esfuerzos sudorosos de los que todavía cargaban con muebles, hasta que una mujer alta, con el pelo largo y castaño recogido con seriedad en un moño, salió corriendo y esgrimiendo un manojo de llaves de automóvil.

—Esperen un momento —les rogaba—. Un momento solo. Lo llevaré hasta el jardín de la cocina.

—¿Crees que es ella? —susurró Celia, que había escondido la cabeza inexplicablemente tras uno de los árboles.

—¿Cómo quieres que lo sepa? —respondió Lottie, aguantando la respiración, puesto que la súbita prudencia de Celia había despertado en ella la sensación de estar viviendo algo insólito. Se acercaron la una a la otra, atisbando tras la camioneta, sosteniendo firmes las faldas con la mano para impedir que se hincharan con el viento.

La mujer se sentó al coche y miró los mandos, como si deliberara sobre cuál era el que debía utilizar. Al cabo de unos segundos, con un mordisco angustiado del labio inferior, dio la vuelta a la llave, forcejeó con el cambio de marchas, respiró hondo, salió disparada hacia atrás con un chasquido fortísimo y se incrustó en la rejilla frontal de una camioneta de mudanzas.

Reinó un breve silencio, seguido de los improperios en voz alta que le lanzó uno de los hombres y del estruendo continuado de una bocina. En ese momento la mujer levantó la cabeza y las chicas se dieron cuenta de que probablemente se había roto la nariz. Había sangre por todas partes: en la blusa verde pálido, en sus manos, incluso en el volante. La mujer permanecía sentada muy derecha en el asiento del conductor, y parecía un poco conmocionada, pero enseguida miró hacia abajo y empezó a buscar alguna cosa para detener la hemorragia.

Lottie se encontró corriendo por el césped altísimo y con un pañuelo preparado ya en la mano.

—Tenga —dijo, alcanzando a la mujer al mismo tiempo que varias caras de enojo empezaban a congregarse alrededor del auto—. Cójalo. Incline la cabeza hacia atrás.

Celia, que corría tras Lottie, observó el rostro manchado de la mujer.

—Menudo golpe.

La mujer aceptó el pañuelo.

—Lo siento mucho —le iba diciendo al conductor de la camioneta—. No se me dan nada bien los cambios de marcha.

—No debería conducir —le espetó el hombre, con una barriga que apenas lograba disimular un delantal verde oscuro, mientras agarraba lo que quedaba de su faro delantero—. Ni siquiera ha mirado por el retrovisor.

—Creía que había puesto la primera. Es terrible lo cerca que está de la marcha atrás.

—Se le ha caído el guardabarros —dijo Celia un poco nerviosa.

—Ni siquiera es mi coche... ¡Ay, madre mía!

—¡Mire el faro! Tendré que comprar uno nuevo; y voy a perder tiempo y dinero.

—Lo comprendo —musitó la mujer, apenada.

—Oiga, deje tranquila a la señora. Ha sufrido un buen golpe. —Un hombre de cabello oscuro con un traje de lino claro apareció junto a la portezuela del coche—. Dígame qué daños ha sufrido y se lo compensaré de inmediato. Frances, ¿estás herida? ¿Necesitas un médico?

—No debería conducir —insistió el hombre con un gesto de desaprobación.

—Es usted quien no debiera haberse acercado tanto —terció Lottie, irritada por su falta de consideración. El conductor, sin embargo, no le hizo ningún caso.

—Lo siento muchísimo —murmuró la mujer—. ¡Vaya! Mira la falda...

—Dígame, ¿cuánto le debo? ¿Quince peniques? ¿Una libra? —El joven iba contando billetes de un fajo que se había sacado del bolsillo—. Tome, y otros cinco por las molestias.

El conductor se ablandó; Lottie pensó que a lo mejor ni siquiera era suya la camioneta.

—Bueno... Bueno —aceptó el hombre—. Supongo que con esto habrá suficiente. —Se metió el dinero en el bolsillo rápidamente, aparentemente compensado y decidido a no tentar la suerte—. Supongo que ya hemos terminado. Venga, muchachos.

—Fíjate en su falda —cuchicheó Celia a Lottie, dándole un codazo.

La falda de Frances casi le llegaba a los tobillos. Tenía un estampado muy atrevido que dibujaba unos sauces y estaba pasada de moda. Lottie se sorprendió analizando el resto de la indumentaria de la mujer: unos zapatos de aspecto casi eduardiano y un collar larguísimo con unas cuentas globulares de ámbar.

—¡Bohemios! —siseó con alegría.

—Vamos, Frances. Entremos antes de que empieces a sangrar y a manchar el interior del coche.

El joven se metió el cigarrillo en la comisura de los labios, tomó el codo de la mujer con suavidad y la ayudó a salir del coche.

Cuando ya se dirigía hacia la casa, la mujer se volvió de repente.

—¡Oh, tu precioso pañuelo! Lo he manchado de sangre —comentó, y luego hizo una pausa, sin dejar de mirarlo—. ¿Sois de aquí? Entrad. Os invito a una taza de té. Le diremos a Marnie que lo prepare. Es lo mínimo que puedo hacer. George, haz el favor de llamar a Marnie. Me temo que empezaré a farfullar si la llamo yo.

Lottie y Celia se miraron.

—Aceptamos encantadas —dijo Celia.

Después de cerrar la puerta Lottie se dio cuenta de que debían de haber dejado las flores en el paseo.

Celia aparentaba menos seguridad cuando entró en el vestíbulo principal. De hecho, se paró tan en seco que la nariz de Lottie, que iba un tanto despistada, chocó contra su nuca. La causa del percance no fue tanto la tendencia natural de Celia al titubeo (el apodo que le daban sus hermanos menores era Codos Puntiagudos), como al hecho de enfrentarse con la enorme pintura apoyada contra la barandilla curvilínea que había delante de la puerta principal. El cuadro, un óleo de textura gruesa, representaba una mujer desnuda y reclinada. A juzgar por la posición de brazos y piernas, Lottie pensó que no se trataba de una chica humilde, precisamente.

—¿Marnie? Marnie, ¿estás ahí? —George encabezaba la comitiva, avanzando a grandes zancadas por el suelo de losas, esquivando los bultos empaquetados—. Marnie, ¿puedes traernos agua caliente? Frances se ha dado un golpe. Y, ¿puedes preparar el té mientras tanto? Tenemos visita.

Se oyó una respuesta ahogada procedente de la habitación de al lado y el sonido de una puerta que se cerraba. La ausencia de alfombras y muebles provocaba que el sonido se amplificara, rebotara en el suelo pétreo y penetrara en el enorme espacio vacío. Celia se aferró al brazo de Lottie.

—¿Crees que deberíamos quedarnos? —cuchicheó—. Parecen un poco... libertinos.

Lottie observaba toda la casa, las hileras de pinturas de tamaño inmenso, las alfombras apiladas y enrolladas, desplomadas contra las paredes como caballeros ancianos y encorvados, la talla africana de un estómago abultado de mujer. Era tan distinta de las casas que conocía: la de su madre, abarrotada, oscura, llena de muebles de roble y chucherías de porcelana barata, impregnada del olor de carbonilla y verdura hervida, con el constante ruido del tráfico o los niños del vecino que jugaban fuera; la de los Holden, una casa familiar imitación estilo Tudor, cómoda y espaciosa, cuyo valor debía atribuirse no solo a lo que comunicaba, sino también a lo que albergaba. El mobiliario era heredado, y tenía que tratarse con reverencia (con más reverencia, según parecía, que a sus ocupantes). No se podían dejar las tazas en su superficie, y los niños no podían golpearlos. Todas las piezas «debían pasar a la generación siguiente», en palabras de la señora Holden, como si ellos simplemente fueran los guardianes de aquellas piezas de madera. La casa estaba permanentemente arreglada para los demás, embellecida «para las señoras», ordenada para cuando el doctor Holden «volviera a casa», y la señora Holden, como un pequeño y frágil rey Canuto el Grande, intentaba por todos los medios hacer frente a la suciedad y la porquería inevitables.

Nada que ver con este otro lugar: blanco, resplandeciente, extraño, de una forma rara, con ventanas alargadas, bajas y opacas, y ojos de buey a través de los cuales se podía ver el mar…


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