El poder del unicornio

por Mariko Tamaki

7 minutos

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 Hacía un día espléndido. En los bosques que rodeaban el Campamento para Chicas Geniales de miss Qiunzella Thiskwin Penniquiqul* Thistle Crumpet, los árboles se erguían ufanos y lanzaban sus ramas al cielo con un ademán plácido, alongado y eterno. El sol se colaba por entre las hojas susurrantes y salpicaba el lecho del bosque con motitas de luz aquí y allá, como una frondosa discoteca.

Era un día perfecto para ser exploradora, la verdad; aunque cada día, si se hace buen uso de él, es un día perfecto para ser explo­radora. Porque las exploradoras son geniales: entregadas siempre a la amistad, a aprender, a indagar, a cuidar a las demás y dispues­tas a lanzarse a la aventura con todo su entusiasmo en cualquier momento.

2

Ese día en especial, cinco exploradoras —las que componían la cabaña Roanoke— deambulaban por el bosque decididas a hacer que ese día en especial fuera algo increíble.

Estaba April, la pelirroja, que iba a la cabeza con cara deter­minada y su cuaderno de siempre debajo del brazo. April era pequeña pero fuerte, la encarnación de una ferocidad típicamente apriliana, un característico ímpetu aprilesco, que cualquiera que se hubiera enfrentado alguna vez contra ella conocería.

Después venía Jo, que la seguía, muy alta, con pasos largos y regulares. Jo llevaba siempre una navaja suiza en el bolsillo y una mirada seria en su cara alargada. A veces, cuando contemplaba el mundo lo veía a través de todos los cálculos y numeritos que tenía en la cabeza, fragmentos de lo que sabía del funcionamiento del mundo.

Luego teníamos a Mal, que sabía tocar la guitarra y era la mejor jugadora de escondidillas y de atrapa la bandera de la histo­ria. Mal era una maestra de la estrategia y a menudo la primera en notar que algo no pintaba bien. Además, detestaba las masas de agua. Detestaba. Las masas. De agua.

Mal caminaba de la mano de Molly.

Molly era la única de la cabaña que tenía su propio gorro de mapache, que en realidad era un mapache llamado Burbuja. Tenía el pelo dorado como el sol, recogido en una trenza, y una voz muy dulce. A Molly se le daba bien encontrar lo mejor de cada persona en todos los que la rodeaban, aunque a veces le cos­taba encontrarlo en ella. Dando saltitos por ahí al final del grupo estaba Ripley, con su mechón azul balanceándose delante de los ojos. Ripley, por cierto, daba los mejores abrazos del mundo, y cuando algo le gustaba, le gustaba MUCHO.

—¡A ver! —April abrió el cuaderno para revisar la lista—. Ahorita tenemos tres tipos de musgo…

—Cojinete, capilar y escoba —recitó Jo contándolos con los dedos.

—¡Escoba de cojinete capilar! —soltó Ripley con una risita, botando entre los árboles—. ¡Cojín de pelo de escoba!

—Tres tipos de enredadera —prosiguió April.

—Trompeta, madreselva y Clematis tangutica —añadió Jo, pronunciando con mucho cuidado TAN-GU-TI-CAAA.

April dio unos golpecitos con la punta del lápiz en el cua­derno.

—¡Perfecto! Sólo nos falta una planta florífera más y ¡tendre­mos nuestras insignias de PIENSA EN VERDE!

La insignia de Piensa en verde era la insignia definitiva y suprema para toda súper fanática del amor por lo verde. Iba a quedar genial en la banda de April, rebosante ya de insignias para amantes del mar, de las caminatas, de las carreras y de los juegos de palabras, entre otras muchas cosas. A lo mejor hasta tenían que ponerse una banda nueva. ¡SU SUEÑO! ¡UNA DOBLE BLANDA!

April suspiró satisfecha. Todo iba tal como había planeado.

—En aquel claro de ahí adelante da más el sol —dijo Jo, seña­lándolo—. A lo mejor encontramos algo así tipo flor.

—¡YUJU! —Ripley dio una vuelta de carro al frente y el resto de exploradoras la siguieron.

 

—Me encanta que una de las setas se llame pedo de lobo —dijo Molly—. El que se encarga de ponerles nombres a las plantas tiene el mejor trabajo que ha existido nunca.

—Pues para llamarse pedo de lobo tiene un aspecto bastante inofensivo —comentó Mal—. Yo me esperaba otra cosa.

El pedo de lobo parecía una seta común y corriente.

—A lo mejor es una metáfora —sugirió Molly.

—¿Una metáfora de qué? —se rio Mal.

Las chicas se detuvieron en el claro.

Ripley se acercó de un brinco a un árbol gigante cubierto de setas grumosas.

—¡EH! Estas setas parecen narices —dijo, mirando atenta­mente los hongos de aspecto resbaloso esparcidos por el tronco.

Molly se dio la vuelta y se fijó en una plantita enroscada junto al dedo gordo del pie de Mal.

—¡Mira, cuidado! ¡Hiedra venenosa!

—¿QUÉ? —Mal salió disparada como si le hubiera pasado una corriente eléctrica. Sacudió los pies con fuerza.

—Oigan —dijo April, al tiempo que levantaba la vista de la zona en la que había estado hurgando en busca de flores—. Si hoy fuera San Valentín ¡tendríamos que buscar nomeolvides! ¿Eh? ¿Lo captan?

Otra cosa sobre April: poca gente aprecia más un juego de palabras.

Mal siguió alejándose a pasos cortos de la hiedra potencial­mente venenosa, con los ojos clavados en aquella amenaza de color verde vivo. Ya sabes, por si le daba por moverse.

 

Jo estaba encorvada hacia delante, mirando en un estado de profunda concentración —nivel rayo abductor— por el objetivo de su nuevo invento: la Lente MicroFocus. Las hojas verdes y rosadas de la planta que había al otro lado del cris­tal se dejaron ver. La gente que mira todo con tanta atención como la que acostumbra poner Jo sabe que las cosas rara vez son sólo lo que parecen ser así a primera vista. En este caso, lo que a simple vista parecía una hoja lisa y lustrosa, bajo el obje­tivo esa hoja estaba cubierta de espinas, un mar de escamas intercaladas, con los bordes puntiagudos y afilados como el lomo de un lagarto.

Jo aguzó la mirada y apretó los labios con gesto de determina­ción mientras giraba el dial del lente para intentar sacar una vista mejor. La hoja hizo clic y pasó a verse a mayor resolución, pero la imagen se hizo otra vez borrosa. Algo interfería con la función de ampliar. Jo soltó un suspiro. Para inventar hay que pasar por la etapa de ensayo y error, lo que significa que cuando inventas algo, la única manera de saber si funciona es ponerlo a prueba. A veces este proceso lleva mucho tiempo.

Jo lo sabía, en parte, porque uno de sus padres (tenía dos) había inventado un cohete. Le tomaron 1 034 pruebas. Y eso son un montón de pruebas. Todos aquellos cohetes se llamaban Diana, por Diana Ross, porque su padre decía que Diana Ross era una estrella con un don único.

Se preguntó si en el taller del campamento, donde a menudo se le podía ver revolviéndolo todo en busca de piezas o soltando

chispas con el equipo de soldadura, tendrían lo que necesitaba. Por un momento, deseó tener allí ese laboratorio extravagante que sus padres le habían montado en su casa.

A lo mejor podía desarmar su súper teléfono y usar parte del circuito de…

A unos pasos de Jo, April mordisqueaba el lápiz, apretándolo entre sus dientes, y seguía examinando con gesto de ceñuda reso­lución el lecho del bosque en busca de una mota de algo que no fuera verde.

Verde.

Verde.

Verde.

¿Azul?

¡AZUL!

Arropada entre una mata de helechos mullidos había una flo­recilla diminuta con pétalos en forma de diamante.

April se llevó la mano al bolsillo trasero y sacó la Guía de fauna y flora de las exploradoras. El volumen estaba viejo y hecho chicha­rrón, seguramente de haber ido apretujado en tantos bolsillos a lo largo de los años. El lomo estaba roto y pegado con diurex. Las esquinas estaban gastadas y manchadas de verde hierba.

April fue pasando las páginas.

—¿Crisantemo? ¿Crocus?

Al voltear una página, un pequeño rectángulo de papel se des­prendió y cayó meciéndose hasta su mano. Era el boceto desco­lorido de una flor azulada con… ¡oigan!... ¡pétalos en forma de diamante! Al pie del dibujo alguien había escrito, con una exqui­sita letra manuscrita: «Campanilla de clavo».

Al margen del papel, en la misma letra cuidadosa, decía: «Ubi­cada en su día pero no registrada, una planta muy curiosa, de reciente aparición en la zona. ¿Comestible? Puede ser. ¿Creíble? Sí. ¿Celestial?...».

—¡Oigan, chicas! —las llamó, agitando el dibujo en el aire—. ¡CHICAS! ¡CAMPANILLA DE CLAVO! —exclamó triunfante.

En ese preciso momento, Ripley dio un brinco en el aire y, señalando por encima del hombro de April, gritó una palabra que debe de estar en el top ten de palabras que una persona pueda gritar jamás.


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