Mis huellas a casa (La razón de estar contigo 3)

por W. Bruce Cameron

5 minutos

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1

Desde el principio, gatos.

Gatos, por todas partes.

En realidad, no podía verlos: tenía los ojos abiertos, pero cuando los gatos estaban cerca solamente percibía formas cambiantes en la penumbra. Pero sí los podía oler: los olía con tanta claridad como olía a mi madre mientras me alimentaba, o como olía a mis hermanos, que se revolvían a mi lado mientras me abría paso para conseguir la leche que me daba la vida.

Yo no sabía que eran gatos, por supuesto. Únicamente sabía que eran criaturas diferentes a mí, que se encontraban en nuestro cubil, pero que no intentaban alimentarse conmigo.

Más adelante, cuando llegué a ver que eran pequeños, rápidos y ágiles, me di cuenta de que no solo eran «no-perros», sino que eran una clase de animal específico y diferente a nosotros.

Vivíamos juntos en una casa fría y oscura. La tierra seca sobre la que apoyaba el hocico desprendía unos olores exóticos y antiguos. Me encantaba olerlos, llenarme la nariz de esos aromas profundos y aromáticos. Encima de nosotros, el techo de madera desprendía un polvo que quedaba suspendido en el aire; era un techo tan bajo que cada vez que mi madre se ponía en pie en la suave depresión de tierra compacta que formaba nuestro lecho para alejarse de mí y de mis hermanos (que chillábamos como protesta y nos apretábamos los unos contra los otros en busca de amparo), su cola casi tocaba las vigas. No sabía a dónde iba mi madre cada vez que se marchaba; solamente sabía que nosotros nos sentíamos muy ansiosos hasta que regresaba.

La única fuente de luz del cubil procedía de un solo agujero cuadrado en el extremo más alejado.A través de esa ventana el mundo vertía asombrosos olores de cosas frías, vivas y húmedas, de lugares y de objetos mucho más embriagadores que los que podía oler en nuestro cubil. Pero, a pesar de que de vez en cuando veía a algún gato salir al mundo a través de esa ventana, o regresar de algún lugar desconocido, cada vez que yo intentaba arrastrarme hacia allí, mi madre me hacía retroceder a empujones.

Mientras mis patas se fortalecían y mi visión se iba haciendo más aguda, me dedicaba a jugar tanto con los gatitos como con mis hermanos. Solía elegir a una familia de gatos que se encontraba en la parte trasera de nuestra casa común, con dos gatitos pequeños que se mostraban especialmente amistosos y cuya madre me daba un lametón de vez en cuando. Yo la llamaba Mamá Gato.

Y cuando ya llevaba un buen rato jugando alegremente  con los pequeños felinos, aparecía mi madre para llevarme, agarrándome por la nuca para sacarme de entre el montón de gatos. Cuando me dejaba entre mis hermanos, estos siempre me olisqueaban con suspicacia; estaba claro que no les gustaba ese olor a gato.

Así era mi divertida y maravillosa vida. Y, la verdad, no tenía ningún motivo para sospechar que algún día cambiaría.

Un día, me encontraba mamando, medio adormilado y oyendo los sonidos que emitían mis hermanos mientras hacían lo mismo que yo cuando, de repente, mi madre se puso en pie de forma tan inesperada y rápida que me levantó con ella y caí al suelo.

Al instante supe que sucedía algo malo.

El pánico llenó el cubil, estremeciendo como una brisa el lomo de los gatos. Todos ellos se precipitaron hacia la parte posterior; las madres pusieron a salvo a los más pequeños agarrándolos por la nuca. Mis hermanos y yo corrimos hasta nuestra madre, chillando, asustados al ver que ella lo estaba.

Unos potentes rayos de luz nos deslumbraron. Procedían del agujero; también de allí procedían los ruidos:

—¡Dios! ¡Aquí hay como un millón de gatos!

No tenía ni idea de qué era lo que originaba esos ruidos, ni de por qué nuestro cubil estaba lleno de esas luces deslumbrantes. Hasta mí llegaba el olor de una criatura diferente. Estábamos en peligro.Y eran precisamente esas criaturas que no veíamos lo que constituía el peligro. Mi madre jadeaba y tenía la cabeza gacha mientras retrocedía; todos nosotros procuramos seguirla torpemente mientras, con débiles chillidos, le suplicábamos que no nos abandonara.

—Déjame ver. ¡Oh, Dios, míralos!

—¿Va a ser un problema?

—Sí, esto es un problema.

—¿Qué quieres hacer?

—Tendremos que llamar al exterminador.

Podía distinguir una diferencia entre el primer grupo de ruidos y el segundo, una variación en la altura y el tono, aunque no estaba seguro de qué significaba.

—¿No podemos envenenarlos nosotros?

—¿Tienes algo en el camión?

—No, pero puedo conseguirlo.

Mi madre continuaba negándonos el consuelo de sus mamas. Tenía los músculos del cuerpo tensos, las orejas aplastadas sobre la cabeza y dirigía toda su atención a esos ruidos. Yo quería mamar para saber que estábamos a salvo.

—Bueno, pero si hacemos eso, tendremos a todos esos gatos muertos por todo el vecindario. Son demasiados. Si solamente fueran uno o dos, vale; pero esto es una colonia entera.

—Tú querías terminar la demolición a finales de junio: eso no nos deja mucho tiempo para deshacernos de ellos.

—Lo sé.

—Mira, ¿ves los cuencos? Alguien ha estado alimentándolos.

Los haces de luz se juntaron para iluminar con fuerza un punto del suelo justo dentro del agujero.

—Vaya, genial. ¿Qué demonios le pasa a la gente?

—¿Quieres que intente averiguar quién es?

—No. El problema se terminará cuando los gatos desaparezcan. Llamaré a alguien.

Las luces barrieron la zona por última vez y luego se apagaron. Oí el sonido de la tierra removida y unos fuertes pasos, mucho más fuertes que las silenciosas pisadas de los gatos. Poco a poco, la presencia de esas criaturas nuevas desapareció; los gatitos fueron retomando el juego, felices otra vez. Estuve mamando con mis hermanos y luego me fui a ver a los gatitos de Mamá Gato. Como era habitual, cuando la luz del día que se colaba por el agujero cuadrado empezó a apagarse, los gatos adultos salieron; durante la noche los oía regresar; a veces, notaba el olor de la sangre de la pequeña presa que traían a sus crías.

Cuando mi madre iba a cazar, no se alejaba mucho de los grandes cuencos llenos de pienso que estaban justo delante del agujero cuadrado. Percibía el olor a comida en su aliento, que olía a pescado, a plantas y a carne: me preguntaba cómo sería su sabor.

Fuera lo que fuera lo que había provocado ese pánico, ya había desaparecido.


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