Doce sustos y un perico

por Jaime Alfonso Sandoval

7 minutos

Comparte el capítulo en


CAPÍTULO 1

Los hermanos Chacón

Hay lugares tristes y está el orfanato de San Simón el Suplicante. Todo ahí es triste, desde las paredes pintadas de color verde flema, hasta el patio de tierra con tres árboles secos y un columpio roto lleno de astillas. Son tristes también las camas que no tienen colchón (los huérfanos acostumbran dormir directo sobre tablones ásperos y hasta con clavos, como los faquires). La comida también es triste, sirven una avena que huele, se ve y sabe a cartón mojado, aunque hay mucha y alcanza para las tres comidas diarias, y en Navidad todos tienen ración extra. El orfanato es tan triste que ni siquiera le da el sol, le hace sombra una gran fábrica de alimento para perro que está al lado, y por eso el aire huele a croqueta sabor pantufla (no se sabe por qué, pero es lo que más les gusta masticar a los perros).

Quedar huérfano es algo horrible, pero quedar huérfano y llegar al orfanato de San Simón el Suplicante es el colmo de la mala suerte. Y a ese lugar fueron a dar los hermanos Isabel y José de Jesús Chacón Chícharo, conocidos como Chabe y Chuy.

—Está bonito —dijo Chuy Chacón cuando entró al descuidado edificio.

—¿Qué tiene de bonito esto? —la hermana miró en el patio de tierra una docena de huérfanos con ropa rota—. Con perdón, pero esto me parece un campamento de zombis.

—Qué suerte, siempre he querido ir a un campamento —dijo el hermano con ilusión.

Así era Chuy, siempre le veía el mejor lado a las cosas. A sus diez años era un optimista empedernido.

—¿Y ya viste? —señaló al fondo del patio—. ¡Hay una alberca!

—Creo que son aguas negras —olió Chabe—. Debe de haber una fuga en el drenaje.

—Bueno, al menos los dejan tener mascotas —se consoló Chuy—. Mira, ese niño está jugando con un hámster.

—No es un hámster, es una rata de alcantarilla —observó Chabe con horror—. Y esas niñas están jugando carreritas con cucarachas. Chuy, mejor no te separes de mí. ¿Me oyes?

Como hermana mayor, a sus once años, Chabe era muy responsable, organizada, estudiosa y totalmente pesimista.

—Vienen tiempos difíciles —suspiró con miedo.

—Seguro nos adoptarán pronto y tendremos nuevos papás —el hermano sonrió, ilusionado.

Pero lo que no sabía Chuy es que nunca, en toda la historia del orfanato, ningún huérfano había sido adoptado. Nadie visitaba el orfanato de San Simón el Suplicante; vamos, ahí no llegaban ni Santa Claus, los Reyes Magos o la primavera; siempre hacía frío. Los treinta niños y niñas que vivían ahí crecerían hasta los 18 años, edad en que los lanzarían a la calle y fin del asunto.

El orfanato lo dirigía una señora llamada Consagración del Huerto, aunque le decían Tenfe. ¿Mala? No en realidad, era una señora sonriente, siempre bien arreglada, pero completamente inútil. Los hermanos Chacón se dieron cuenta pronto, cuando esa misma semana tuvieron que visitar su oficina y la encontraron pintándose las uñas.

—Disculpe, señora directora, necesitamos hablar con usted —explicó Chabe—. Somos los hermanos Chacón Chícharo y acabamos de llegar.

—Claro, mi cielo —la directora nunca se acordaba del nombre de ninguno de los huérfanos y para ocultarlo les decía así: “Cariñito, bombón, corazón”—. ¿Qué pasa, mis amores?

—Es que me siento algo mal —explicó Chuy, que estaba pálido y sudoroso—. No la quiero preocupar, pero creo que tengo gripa.

La directora se acercó y le tomó la temperatura con el dorso de la mano.

—Ay, mi vida, creo que sí, pero seguro pronto te curas —y le dio unas palmaditas a Chuy—. Tú ten fe.

—¿Qué? —respingó Chabe—. ¿Y no puede llamar a un doctor?

—Veré qué puedo hacer, ¡tú ten fe! —repitió la directora y volvió a su lugar para pintarse la uña del meñique, que era la única que le faltaba.

—¿Pero no hay ni siquiera un botiquín? —insistió la niña.

¿Y qué respondió? Exacto: “Ten fe”. Era su respuesta favorita para todo, de ahí su apodo. Si alguien le decía que tenía hambre, que le dolía la muela o que estalló un incendio y debían llamar a los bomberos, respondía lo mismo. La directora Tenfe estaba ahí igual que un florero, para adornar la oficina. Muchos aseguraban que estaba esperando un buen puesto en la política, su verdadero sueño.

Por suerte, Chuy se curó de la gripa, pero fue gracias a los cuidados de Chabe, que pasó varias noches en el dormitorio de los niños, dándole té que encontró rebuscando en los cajones de la cocina. Por lo general, Chabe siempre estaba atenta de su hermano porque ser pequeño y optimista no le hacía la vida más fácil.

Todas las mañanas pasaba un viejo camión para trasladar a los huérfanos a una escuela cercana, tan triste y tan pobre que parecía una extensión del orfanato. Y como sospechó su hermana, pronto Chuy se metió en problemas cuando se le ocurrió decir que sus papás no estaban realmente muertos, sino que una nave espacial se los había llevado. Le empezaron a decir “marciano” y las cosas se pusieron peor. En una ocasión durante el recreo, Chabe vio un grupo de niños que jaloneaban y empujaban a otro más pequeñito, de cabello nudoso como estropajo. Al acercarse vio que el agredido era su hermano menor (los dos tenían el mismo tipo de cabello), de inmediato se metió para detener el zafarrancho.

—No me están pegando tan fuerte, sólo quieren divertirse —los disculpó Chuy, limpiándose tierra de la cara.

—No se ríen contigo, se ríen de ti —explicó su hermana.

—Pero al menos se ríen… eso es bueno, ¿no?

 

—No, no está bien que te maltraten —Chabe se dirigió a todos los niños en el patio y gritó—: El próximo que insulte a mi hermano o le pegue, se las verá conmigo. ¿Me oyeron?

Y mostró los dientes como lo haría un perro rabioso. Chabe era muy buena haciendo eso, era una suerte tener los colmillos torcidos y puntiagudos. Los niños peleoneros dieron un paso para atrás.

Pero la historia de la nave espacial tenía una razón, estaba relacionada con la desaparición de Remigio y Renata, los padres de los hermanos Chacón Chícharo. Habían sido sobrecargos, de los que sirven comida en los aviones, traen mantas y hacen esa bonita coreografía para mostrar las salidas de emergencia. Remigio y Renata se conocieron en un vuelo que iba de París a Chachalacas, Veracruz. Fue un flechazo instantáneo y su noviazgo duró varios vuelos domésticos y uno que otro internacional. Un día que aterrizaron en Las Vegas, aprovecharon para casarse. Ambos eran muy trabajadores, además de ser muy buenos sobrecargos; si veían a alguien con miedo a volar, le contaban un chiste para relajarlo. Todos los apreciaban. La pareja tenía el plan de reunir dinero para comprar una casita y vivir ahí con sus hijos, pero el plan era costoso y por eso aceptaban todos los vuelos, como la peligrosa ruta de Katmandú a Sri Lanka de la aerolínea RiskyAir. Pero sucedió una desgracia: el vuelo nunca llegó a su destino, el avión desapareció en medio de la ruta. La noticia salió en todos lados, fue desconcertante.

—Tal vez se los llevaron los extraterrestres y son felices en otro planeta —dijo Chuy, buscando consuelo.

—Seguro pasó eso —reconoció Chabe, limpiándose las lágrimas.

—¿Crees que algún día vuelvan por nosotros? — preguntó el niño, con ilusión.

—No creo, Chuy. Deben de estar a años luz de aquí, esas naves vuelan muy rápido.

Chabe prefirió decir eso, a la verdad. Y es que justo esa misma mañana vio en las noticias que al fin habían encontrado los restos del avión de RiskyAir en el mar del Golfo de Bengala, al parecer la tormenta se volvió monzón y el avión se hizo papilla junto con los pasajeros y la tripulación.

Los hermanos Chacón comenzaron a peregrinar de una oficina de gobierno a otra, como bultos, y como nadie los reclamó, terminaron en San Simón el Suplicante.

En la escuela nadie volvió a decirle “marciano” a Chuy (al menos no en su cara), y los días pasaron, uno tan gris y apestoso como el anterior. Los hermanos Chacón se acostumbraron a comer avena con sabor a cartón mojado, a dormir en camas sin colchón y empuñando un palo para defenderse de las ratas. Aunque Chuy se hizo de amigos cuando se le ocurrió organizar partidos de fut, aunque con una pelota imaginaria, porque los huérfanos eran tan pobres que no tenían para una de verdad (obviamente era un problema jugar así porque todos juraban meter gol). Chabe, por su parte, encontró consuelo en la polvorienta biblioteca escolar. Leyó todos los libros que pudo. Se dio cuenta de que eran el mejor invento del mundo, bastaban un montón de letras juntas en un papel para llevarte al pasado, al futuro, al otro lado del planeta, a otros mundos, a cualquier sitio muy, pero muy lejos de San Simón el Suplicante y de la triste escuela. Aunque al cerrar el libro, la realidad le golpeaba la cara de nuevo y más de una vez su hermano la sorprendió llorando.

—No puedo creer que ésta sea nuestra vida de ahora en adelante —confesó la huérfana, enjugándose con una servilleta (que debía cuidar porque era la única que tenía para ese mes).

—No te preocupes, hermana, la mala suerte no dura para siempre —aseguró el niño, convencido—. Viene algo bueno, ya verás.

Y esta vez, por insólito que parezca, el optimismo de Chuy acertó. Cinco semanas después se celebró en el orfanato el día del niño y los huérfanos recibieron de regalo calcetines (pero sólo uno, con la promesa de que les darían el par al año siguiente), aunque lo interesante de verdad ocurrió en la tarde, cuando la directora Tenfe mandó llamar a su oficina a los hermanos Chacón.

—Adelante, primores. Ustedes son… —leyó un papel—. ¿Isabel y José de Jesús?

Los niños asintieron, intrigados. ¡Los había llamado por su nombre!

—¿Por qué no me dijeron que tenían familia? — preguntó la directora Tenfe.

Chabe y Chuy se miraron sin saber bien qué responder. Cuando sus padres vivían, en una ocasión les preguntaron si tenían primos, tíos, abuelitos, en fin, lo normal. Renata, la mamá, confesó que sólo tenía una bisabuela muy viejita, y Remigio, el papá, dio una misteriosa respuesta: “Con familia como la que tengo, es mejor olvidarla”. Y nunca volvió a mencionar el tema. A Chabe eso siempre le dio mucha curiosidad: ¿por qué dijo eso? Tal vez su familia lo avergonzaba. ¿Serían asesinos? ¿Piratas? ¿Payasitos de fiestas infantiles?

—¿Me escucharon? —repitió la directora Tenfe.

—Es que no sabemos si tenemos más familia —reconoció Chabe.

—¿Me lo juran? —exclamó la directora Tenfe—. ¿Entonces no saben que son parientes de Águeda Chacón?

—¿Quién? —intervino Chuy.

—¡Águeda Chacón! —la directora abrió mucho sus ojos, tan maquillados que sus pestañas parecían tarántulas gomosas—. ¡No puedo creer que no sepan quién es!

De pronto Chabe recordó haber visto su nombre en una estantería de la biblioteca.

—¿Es una escritora? —preguntó, dudosa.

—No es sólo una escritora, es una de las mejores autoras de literatura de terror del mundo —la directora Tenfe se dirigió a una estantería donde había un montón de libros empastados en color rojo sangre—. Miren, aquí tengo algunas novelas.

—¿Y qué tal están? —preguntó Chuy, interesado.

—Ni idea. No leo estos temas porque me dan miedo —reconoció la mujer con una sonrisita—. Pero yo compro lo que está de moda. Como esta falda-pantalón-bata. ¿No me queda increíble?

Chabe y Chuy eran muy educados con los mayores y se guardaron sus comentarios. La verdad es que la directora parecía un tamal a medio envolver.

—Bueno, ¿y qué pasó con la señora Águeda? —retomó Chabe.

—Ah, eso… pues les tengo dos noticias, una buena y una mala. ¿Cuál quieren oír primero?

—La buena —dijo Chuy.

—La mala —repuso Chabe.

—Mejor se las daré por orden cronológico —explicó la directora Tenfe—. Hace unos días, su pariente, Águeda Chacón, murió…

—Ah, pobrecita —suspiró Chuy.

—¡De pobrecita no tenía nada! —a la directora le brillaron los ojos—. Era millonaria, y aquí está la noticia buena, es más, dejaré que lo vean por sí mismos.

Les pasó un sobre, dentro venía un documento impreso en un papel finísimo.

DESPACHO DE ABOGADOS LERNER & MORTOR

Atención a los hermanos Isabel y 
José de Jesús Chacón Chícharo.

Por medio de la presente se les informa del triste fallecimiento de su tía-abuela en noveno grado, la señorita Águeda Chacón Churruca. 
El funeral se realizó la semana pasada y su cuerpo reposa en el mausoleo que la misma finada diseñó hace años (era muy previsora). Favor de no mandar rosas, la señorita Águeda las detestaba, decía que eran para gente cursi, aunque se aceptan tarjetas de pésame.

Pero el motivo de esta carta, además de compartir el anuncio luctuoso, es para invitarlos a la lectura del testamento de la señorita Águeda Chacón Churruca, como sus sobrinos (en noveno grado), no dudamos que el tema será de su interés. La cita está fijada para el próximo martes trece dentro de las instalaciones de la casona Villa Chacón…

—¿Testamento? ¿Somos ricos? —interrumpió Chuy y se dirigió a su hermana—. ¿Ves, Chabe?, te lo dije, ¡algo bueno vendría!

La niña no podía ni hablar. ¡Esas cosas no les pasaban a ellos!, a los pobres hermanos Chacón Chícharo, pero tenía la carta en sus manos y parecía de verdad.

—¿Cómo nos encontraron? —preguntó escéptica.

—Seguro los rastrearon por su apellido —dedujo la directora Tenfe.

—¿Qué más dice? —Chuy urgió a su hermana.

Y Chabe leyó la última parte de la carta, que terminaba así:

…Para confirmar su asistencia a la lectura del testamento sólo llamen al teléfono que viene al final de este documento. No se preocupen por la transportación, el día fijado les enviaremos un automóvil con chofer para que los lleve a Villa Chacón. La señorita Águeda (ya dijimos que era muy previsora) dejó todo listo para brindar ayuda a los herederos.

—Es que no lo puedo creer —la niña estaba a punto de llorar—. Esto es casi un milagro.

—Te lo dije, Chabe, te lo dije —repetía Chuy dando saltitos de alegría—. Heredamos la fortuna de nuestra querida tía Águeda, que en paz descanse.

Se escuchó un carraspeo, seguido por una tosecita y otra tos más evidente, los hermanos guardaron silencio.

—Perdón, mis amores, sólo una cosa —era la directora llamando la atención—. No se olviden de mí cuando sean millonarios. ¡Recuerden que fui una segunda madre para ustedes!

—Tú ten fe —respondió Chabe con una gran sonrisa.

CAPÍTULO 2

Águeda Chacón Churruca

La señorita Águeda Chacón Churruca era vieja, bastante fea y muy millonaria. Se hizo famosa por sus dos grandes pasiones: amaba a su perico Craft (lo quería tanto que había mandado hacer más de quinientos retratos, todos con la frase: “I Love Craft”), y era una renombrada escritora de libros de terror. Fuera de sus pasiones, odiaba todo lo demás.

—Usted ha escrito casi doscientos libros de terror — señaló un reportero una rara ocasión que la escritora concedió una entrevista—. Debe querer mucho a sus lectores.

—No, no, al contrario. Los odio con toda mi alma — dijo Águeda.

—¡Pero si compran sus libros! —exclamó el reportero.

—Y no entiendo por qué lo hacen. Escribo historias de terror con la esperanza de que niños, jóvenes y adultos se asusten tanto que no puedan dormir, que tengan pesadillas, que se les caigan el pelo, las uñas y los dientes, que tengan un paro cardiaco; oh, querido, nada me haría más feliz. Por eso intento que cada libro sea más horripilante que el anterior.

El reportero se le quedó viendo y luego lanzó una gran carcajada.

—¡Qué bromista es usted! —dijo.

Ella lo miró sin mover un músculo de la cara.

Si bien las historias de Águeda Chacón asustaban mucho, nadie murió del miedo y cada libro era recibido con expectación y regocijo. A la gente le gustaba asustarse. Sus seguidores no se ponían de acuerdo en cuál era su mejor título: unos decían que no había nada más terrorífico que la saga “Las desventuras del bardo fantasma”, mientras que otros aseguraban que los veinte tomos de “Diablos y Diablesas” eran un monumento al terror, casi al mismo nivel de la trilogía “El perro endemoniado”; aunque muchos coincidían en que los diez tomos de “La maldición de las tres calaveras aullantes” era brutalmente espeluznante, tal vez por eso fue adaptada al cine con enorme éxito, mientras que “Monstruos y espantajos para antes de dormir” se convirtió en una serie de televisión tan pavorosa que se recomendaba consumir tranquilizantes antes de verla. Sus libros se vendían cada vez a más países, y la cuenta bancaria de Águeda Chacón Churruca se hacía más abultada. Al ser tan rica, podía comprar lo que quisiera, e inició una serie de colecciones extrañas y terroríficas, como joyas que habían pertenecido a reinas guillotinadas, coches de lujo donde habían muerto mafiosos, máscaras de jade usadas en rituales sanguinarios, hasta chicles de tutifruti mascados por Hitler.

En el plano personal nunca se le conoció interés romántico y jamás mostró deseos de tener hijos, era feliz trabajando quince horas diarias en su vieja máquina de escribir, en compañía de su perico Craft, y comprando cosas para sus colecciones. Seguramente hubiera seguido así, pero murió de manera inesperada.

Águeda era anciana (nadie sabía exactamente su edad), aunque tenía una salud envidiable y era fuerte como un tren. Ese día había terminado el manuscrito de un nuevo libro “El colmillo de la momia” y fue a descansar en su sillón masajeador eléctrico. No se sabe bien qué pasó, pero en lugar de que el sillón le diera un reparador estilo tailandés, la escritora recibió una descarga de tres mil voltios en las costillas y quedó convertida en un montón de carbón y chamusquina. Fue horroroso. Según los testigos, parecía una escena sacada de sus libros.

Antes de ir a la lectura del testamento, Chabe leyó un reportaje sobre su célebre pariente en una revista que le prestó la directora Tenfe (últimamente se portaba muy amable). Y el martes trece, el día acordado, llegó un coche negro a San Simón el Suplicante para llevarse a los hermanos Chacón Chícharo. Los demás huérfanos y la directora Tenfe los despidieron en la puerta del orfanato.

—Espero que volvamos pronto —suspiró Chuy mirando por la ventanilla a sus harapientos compañeros.

—¿A San Simón el Suplicante? —exclamó su hermana—. Pase lo que pase, ¡espero no regresar nunca! Éste es el lugar más feo, pobre y triste en el que he estado.

—Por eso, tendríamos que volver para ayudarlos — razonó el niño—. Podríamos comprar pelotas, comida, mochilas y camas con colchón. ¡Hasta mandar construir un orfanato más bonito! Nos alcanza para eso y más. Ahora somos ricos.

 

—A ver, Chuy, somos igual de pobres que antes — explicó la hermana—. Hasta que se abra el testamento veremos qué pasa. Y la verdad, no creo que las cosas sean tan sencillas.

—Pero si la pobre tía Águeda no tuvo familia —recordó el niño—. ¿A quién más le va a dejar su dinero?

Y dos horas más tarde el automóvil negro se aproximó a una enorme casona de estilo gótico, con torreones con punta de aguja, ventanas de ojiva y una buhardilla con mansardas. La construcción debía tener al menos unas cincuenta ventanas y estaba en una colina, rodeada de un gigantesco jardín un tanto tétrico, cercado de una reja de herrería con figuras como murciélagos, cuervos, dagas, manos y adornos siniestros que rodeaban el letrero: “Villa Chacón”. Era la famosa mansión de la tía.

Cuando el coche entró a la propiedad, los hermanos vieron en el jardín a muchísimas personas. Algunos sentados en el pasto, otros salían de autobuses, muchos llevaban cámaras fotográficas. Se reunían en grupos entre risas, exclamaciones y cháchara.

—Deben ser admiradores de la tía Águeda —dedujo el hermano.

—No. Son como ustedes —dijo el chofer del auto.

—¿Huérfanos? —preguntó Chuy sorprendido.

—Son Chacón —explicó el chofer—. Desde ayer comenzaron a llegar. ¿O creían que eran los únicos parientes de la señorita Águeda?

Chabe y Chuy estaban atónitos. Eso quería decir que toda esa gente eran sus familiares. Había desde bebés en andadera, hasta ancianos (también en andadera). Flacos, gordos, altos, bajitos, bigotones, musculosos, morenos y pálidos, pero todos se parecían en una cosa: el cabello. Tenían el típico pelo Chacón, nudoso, entre rizado y enredado, conocido por los especialistas como pelo frito.

—Debe haber como trescientos parientes o más — calculó Chabe.

—Bueno, la tía Águeda era muy rica —recordó Chuy—. Seguro la herencia alcanza para todos.

Cuando los hermanos Chacón se bajaron del coche, se acercó a ellos un señor muy elegante, de levita, tan alto y delgado que parecía una astabandera.

—Bienvenidos a Villa Chacón. Mi nombre es Propercio —se presentó con exquisitos modales—, era mayordomo de la señorita Águeda. ¡Ay, la señorita! —sacó un pañuelito para limpiarse una furtiva lágrima—. Disculpen, todavía no me acostumbro a su muerte.

—Pobrecito, seguro se querían mucho —opinó Chuy.

—Oh, no. Me insultaba siempre —reconoció Propercio—. Pero ¡ahora nadie lo hace! En fin, disculpen —abrió una carpeta y revisó una lista—. Ustedes deben ser Isabel y José de Jesús, hijos de Remigio Chacón, de la rama Chacón Chícharo.

—Sí somos ésos —reconoció la niña—. Pero puede llamarnos Chabe y Chuy.

—Bien, Chabe y Chuy —les puso en el pecho un papel adhesivo con sus nombres y apellidos—. Le toca la tienda ChaChi2.

—¿Tienda? —repitió el niño.

—Está allá —el mayordomo señaló una zona en el jardín con una multitud de carpas blancas, excepto una, al centro, de intenso color rojo—. Es para que se instalen y descansen mientras. Cuando llegue el último Chacón, se abrirá el testamento de la señorita Águeda. ¡Ay, qué dolor!

El mayordomo se retiró sollozando (de manera muy elegante, hay que reconocerlo) y los hermanos cruzaron el campamento. Las hileras de tiendas se distribuían entre los árboles viejos y retorcidos, al lado de las fuentes con esculturas de dragones y cerca de los macetones con flores muy raras. Por todos lados había parientes. Algunos ya se habían instalado en sus casas de campaña y veían el futbol en televisiones portátiles, mientras que en otra tienda habían improvisado un baile norteño. Muchos niños pequeños cruzaban de un lado a otro jugando con carritos, pelotas, casi todos tenían el tradicional pelo frito.

—Qué alegría tener tanta familia —exclamó Chuy entusiasmado—. Debemos tener muchísimos tíos, primos, y hasta abuelos, bisabuelos o tatarabuelos. Nunca estaremos solos, ¡qué emoción!

—Pero no entiendo una cosa —repuso Chabe—. ¿Por qué, si tenemos tantos parientes, terminamos en un orfanato?

Una pista llegó cuando los hermanos encontraron la tienda ChaChi2, que decía, en efecto, Chacón Chícharo, pero estaba ocupada por un señor enorme y barbón, junto a su hijo adolescente. Los dos vestían abrigos de cuero a medio curtir y enormes botas de piel de foca. Estaban sentados pelando algo.

—Buenos días, estimados parientes —saludó Chabe, educada—. Somos los hermanos Chacón Chícharo…

—¡Largo de aquí! —interrumpió el señor—. ¿No ven que el lugar está ocupado?

—Es que ésta es nuestra tienda —la niña leyó la identificación que llevaba el hombre al pecho—. Señor Artemio Chacón Chacal, seguro se confundió de tienda.

—Pero pueden quedarse un ratito si quieren —propuso Chuy, amable.

Los dos parientes soltaron una carcajada, tenían unos dientes enormes, forrados de metal. Entonces Chabe dio un paso atrás al ver que el hombre tenía una navaja en la mano.

—Nos vamos a quedar el tiempo que queramos —aseguró el barbón.

—¿No ven que vamos a comer? —señaló el hijo. Tenía otra navaja.

Entonces los hermanos vieron que estaba pelando un animal muerto.

—¿Eso es una ardilla? —preguntó Chuy, aterrado.

—Mi hijo y yo sólo comemos lo que cazamos —asintió el barbón, orgulloso—. Y no compartimos con nadie, así que ¡largo de aquí enanoides! ¡Cacen su propia ardilla!

Y con un empujón sacaron a Chabe y a Chuy de su tienda y pusieron el cierre. Los hermanos se quedaron afuera, desconcertados.

—¡Qué groseros son esos Chacón Chacal! —oyeron una voz cercana—. No es manera de tratar a la familia.

Los hermanos vieron a una señora que se asomaba desde una tienda. Sonreía amable, vestía un bonito traje sastre color melocotón, que combinaba con un coqueto sombrerito con plumas de pavorreal.

—Soy Petunia Chacón Chambers —se presentó—, pueden llamarme tía Petu. ¿No quieren pasar a mi tienda? Parecen cansados.

Los hermanos aceptaron agradecidos, y al entrar vieron con sorpresa que el lugar estaba lleno de maletas de todos los tamaños, formaban torres, y encima de los velices más grandes había una jovencita con un primoroso vestido y zapatos de charol, todo en ella era lindo excepto su pelo frito.

—Es mi hijita —explicó tía Petu—. Marla, saluda.

La prima ni siquiera se inmutó, tenía la vista pegada a su teléfono celular.

—Es estrella de internet —explicó su madre—. Da consejos de belleza, moda y tiene que atender a sus seguidores. ¡Es muy famosa!

—Y muy bonita —reconoció Chuy, con las mejillas rojas.

—¿Por qué traen tantas maletas? —observó Chabe.

—Viajamos con lo normal —aseguró tía Petu—. Ya saben, sombreros, medias, zapatos, vestidos y bolsas. Hay que estar preparadas para todos los climas y circunstancias. ¡Ser herederas no es cualquier cosa! Por cierto… ¿podrían hacerme un favorcito?

—¿Qué favor? —preguntó Chabe desconfiada.

—Oh, es una cosita de nada —la tía Petu fue a rebuscar algo en una maleta.

Antes de que los hermanos Chacón Chícharo pudieran decir algo, la tía Petu les puso enfrente varias faldas, blusas y zapatos.


¡Gracias por leer a Jaime Alfonso Sandoval !

Leíste 7 minutos

Llena el siguiente formulario y acumula el tiempo leído. Por cada 10min registrados en esta plataforma, Penguin Random House donará un libro a a Save the children.

¡Deja que los libros te inspiren! Participa en nuestro sorteo

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad