Cementerio de animales

por Stephen King

7 minutos

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1

Louis Creed, que se quedó sin padre a los tres años y no conoció a sus abuelos, no esperaba encontrar a un padre a los treinta y tanto años, pero esto fue exactamente lo que ocurrió..., aunque a aquel hombre él le llamaba amigo, como haría cualquier persona adulta que encontrara ya de mayor al hombre que hubiera debido ser su padre. Conoció al individuo la tarde en que él, su esposa y sus dos hijos se mudaban a la gran casa de piedra y madera blanca de Ludlow. Con ellos iba Winston Churchill. Church era el gato de su hijita Eileen.

El comité de la universidad encargado de buscar una vivienda en un radio de fácil acceso se había movido despacio, la búsqueda fue muy laboriosa y cuando ya se encontraba cerca del lugar en el que debía de estar la casa («Todos los hitos concuerdan… como los signos astrológicos la noche que precedió al asesinato de César», pensaba Louis morbosamente») los viajeros estaban cansados y con los nervios a flor de piel. Gage estaba echando los dientes y lloriqueaba casi sin parar. Por más que Rachel le cantaba, el pequeño no se dormía. La madre le dio el pecho, a pesar de que no era su hora. Gage, que conocía el horario tan bien como ella –o tal vez mejor–, la mordió con sus dientecitos nuevos. Rachel, que aún no las tenía todas consigo respecto a aquel traslado a Maine desde Chicago, de donde no se había movido en toda su vida, se echó a llorar. Eileen, al parecer por una especie de solidaridad femenina, la imitó. En la trasera de la furgoneta, Church seguía paseando incansablemente, como hiciera durante los tres días que habían invertido en el viaje desde Chicago. Si mientras estuvo en la cesta sus maullidos resultaban cargantes, no era menos molesto aquel continuo ir y venir que mantenía el animal desde el momento en que ellos se rindieron y lo dejaron suelto.

Hasta el propio Louis se hubiera echado a llorar de buena gana. De pronto, se le ocurrió una idea descabellada pero tentadora: propondría retroceder hasta Bangor para comer algo mientras esperaban el camión de la mudanza y, en cuanto se apearan los tres rehenes que le habían tocado en suerte, él pisaría a fondo el acelerador y desaparecería sin mirar atrás, alimentando generosamente el enorme carburador de cuatro cilindros de la furgoneta con carísima gasolina. Se dirigiría hacia el sur y no pararía hasta llegar a Orlando, Florida, donde, bajo nombre supuesto, conseguiría un puesto de médico en Disney World. Pero antes de llegar a la autopista del sur se detendría para dejar también al jodido gato.

Pero entonces doblaron el último recodo, y allí estaba la casa, que hasta aquel momento sólo él había visto. Una vez consiguió la plaza en la Universidad de Maine, hizo un viaje en avión, para visitar cada una de las siete viviendas seleccionadas por fotografía, y se quedó con ésta: una vieja mansión estilo colonial de Nueva Inglaterra (debidamente remozada y aislada: el coste de la calefacción era una buena carga, pero el consumo podía considerarse razonable), con tres grandes habitaciones en la planta baja y cuatro en el piso y un espacioso cobertizo en el que, con el tiempo, podían hacerse más habitaciones: todo ello, rodeado por un manto de césped, verde y jugoso incluso con el calor de agosto. Detrás de la casa había una gran explanada en la que podrían jugar los niños y, más allá, el bosque que parecía no acabar nunca. Según le dijo el corredor de fincas, la propiedad lindaba con tierras del Estado, en las que no se iba a edificar en mucho tiempo. Los restos de la tribu de los indios micmacs reclamaban casi tres mil doscientas cincuenta hectáreas en Ludlow y ciudades situadas al este de la región, y el complicado litigio, en el que intervenían las autoridades federales además de las del Estado, podía prolongarse hasta más allá del año 2000.

Rachel dejó de llorar bruscamente y se irguió en el asiento.

–¿Es ésta...? 
–Ésta es. –Louis estaba intranquilo; mejor dicho, estaba preocupado. Bueno, en realidad se sentía francamente angustiado. Por aquella casa había hipotecado él doce años de su vida. No acabaría de pagarla hasta que Eileen tuviera diecisiete años, una edad increíble.

Louis tragó saliva. 
–¿Qué te parece? 
–Me parece preciosa –dijo Rachel. Y a él se le quitó un peso de encima. Ella era sincera; se le notaba por su forma de mirarla mientras daban la vuelta por el camino asfaltado, y de recorrer con los ojos las ciegas ventanas como si ya pensara en cortinas, forros de armarios y cosas así.

–¿Papá? –dijo Ellie desde el asiento trasero. También ella había dejado de llorar. Hasta Gage estaba callado. Louis saboreaba el silencio.

–¿Qué quieres, cielo?

Por el retrovisor, Louis veía los ojos castaños y el pelo rubio oscuro de su hija que contemplaba la casa, el césped, el tejado de otra casa que asomaba a lo lejos, hacia la izquierda, y el prado que llegaba hasta el bosque.

–¿Es ésta nuestra casa? 
–Lo será, tesoro. 
–¡Hurra! –gritó ella, y casi le dejó sordo. Y Louis, que a veces se irritaba bastante con su hija, se dijo que no le importaba en absoluto no llegar a poner los pies en Disney World, Orlando.

Detuvo el coche delante del cobertizo y quitó el contacto.

El motor crepitó suavemente. En el silencio, que parecía inmenso para quienes venían de Chicago y estaban habituados al ajetreo de State Street y del bucle, un pájaro cantaba a la luz del atardecer.

–Nuestra casa –murmuró Rachel, contemplando la escena.

–Casa –dijo Gage desde su regazo, con aire de satisfacción.

Louis y Rachel se miraron. Los ojos de Eileen, reflejados en el retrovisor, se agrandaron.

–¿Tú has...? 
–¿Él...? 
–¿Lo ha...?

Hablaron los tres a la vez y los tres se echaron a reír. Gage, impasible, se chupaba el pulgar. Hacía casi un mes que decía «ma, ma, ma» y un par de veces había ensayado algo que sonaba como «pa, pa, pa», aunque quizá no fueran más que las ganas que Louis tenía de oírlo.

Pero esto, ya fuera casualidad o mimetismo, era una palabra de verdad. Casa.

Louis tomó a Gage del regazo de su esposa y lo abrazó.

Y así fue como los Creed llegaron a Ludlow.

2

En la memoria de Louis, aquel momento conservó siempre una cualidad mágica: quizá, en parte, porque fue mágico de verdad; pero, principalmente, porque el resto de la tarde fue caótico. Durante las tres horas siguientes, ni la magia ni la paz hicieron acto de presencia.

Louis había guardado las llaves meticulosamente (él era hombre ordenado y metódico) en un sobre de papel manila en el que había escrito: «Casa de Ludlow aves recibidas el 29 de junio», y las puso en la guantera del coche. Estaba completamente seguro. Y ahora las llaves no aparecían.

Mientras él las buscaba, con cierta impaciencia y su poco de ansiedad, Rachel se puso al niño en la cadera y siguió a Eileen hasta el árbol que había en el prado. Louis estaba mirando debajo de los asientos por tercera vez cuando su hija dio un grito y rompió a llorar.

–¡Louis! –llamó Rachel–. ¡La niña se ha hecho daño! Eileen se había caído de un columpio hecho con una cámara de neumático y había dado con la rodilla en una piedra. Era sólo un arañazo, pero la chiquilla chillaba como el que acaba de perder una pierna, según pensó Louis (con muy poca caridad). Miró hacia la casa del otro lado de la carretera, en cuya sala se veía luz.

–Bueno, Ellie –dijo–. Ya basta. O los vecinos van a pensar que se está asesinando a alguien.

–¡Me dueleeee!

Louis, conteniéndose en silencio, se fue al coche. Las llaves habían desaparecido, pero el botiquín seguía en la guantera. Lo sacó y volvió junto a su familia. Eileen, al ver el estuche, gritó aún con más fuerza.

–¡No! ¡La cosa que pica, no! ¡La cosa que pica, no! ¡No, papá, no...!

–Eileen, la mercromina no pica...

–A ver si te portas como una chica mayor –dijo Rachel–. No es más que...

–No-no-no-no-noo... 
–Si no te callas, será el culo lo que te pique –dijo Louis.

–Está cansada, Lou –murmuró Rachel. 
–Sí –dijo Louis–; sé lo que es eso. Sosténle la pierna. Rachel dejó a Gage en el suelo y agarró la pierna de Eileen que Louis embadurnó de mercromina, a pesar de los chillidos histéricos de la pequeña.

–Alguien ha salido al porche de esa casa –dijo Rachel. Tomó en brazos a Gage, que había empezado a gatear por la hierba.

–Fantástico –murmuró Louis. 
–Lou, la niña está... 
–... cansada, ya lo sé. –Tapó el frasco y miró a su hija, muy serio–. Ya está. Y no ha dolido nada. Tienes que ser valiente, Ellie.

–¡Sí que duele! Dueleee...

A Louis se le iba la mano y se asió el muslo con fuerza. –¿Tienes las llaves? –preguntó Rachel. 
–No las encuentro –dijo Louis cerrando el estuche y poniéndose en pie... Ahora yo...

Gage empezó a gritar. No lloraba, sino que berreaba y se debatía en los brazos de Rachel.

–¿Qué tiene el niño? –gritó Rachel, casi echándoselo encima. Al parecer, pensaba Louis, ésta era una de las ventajas de haberse casado con un médico: cada vez que el crío se pone a morir, no tienes más que pasárselo a tu marido–. Louis, ¿qué...?

El niño se restregaba el cuello, chillando como un energúmeno. Louis lo puso boca abajo y vio que tenía un bulto blanco debajo de la oreja. Y vio algo más: en el tirante del mono había algo peludo que se agitaba ligeramente.

Eileen, que había empezado a calmarse, se puso a gritar otra vez: «¡Una abeja! ¡UNA ABEEEEJA!» Dio un salto atrás y tropezó con la misma piedra que le había desollado la rodilla, cayó sentada y empezó a llorar, del dolor y del susto.

«Voy a volverme loco –pensó Louis con extrañeza–. ¡Auuuuuu!» –¡Pero haz algo, Louis! ¿Es que no piensas hacer nada?

–Tiene que sacar el aguijón –dijo a su espalda una voz grave–. Es el truco. Sacar el aguijón y echarle un poco de levadura para bajar la hinchazón. –Pero la voz tenía un acento local tan cerrado que Louis, cansado y aturdido como estaba, no acertaba a traducir el dialecto: «Sacá l’aguijong y ponel’le levaúra pabajá l’hinchazong.»

Louis volvió la cabeza y vio a un hombre robusto de unos setenta años, bien llevados, con mono de peto y camisa de algodón por la que asomaba un cuello surcado de profundos pliegues y arrugas. Tenía la cara tostada por el sol y fumaba un cigarrillo sin filtro. Cuando Louis le miró, el hombre aplastó el cigarrillo entre el pulgar y el índice y, pulcramente, se lo echó al bolsillo. Extendió las manos y sonrió con la boca torcida... y a Louis le gustó enseguida la sonrisa, aunque él no era hombre que se encariñara con las personas a primera vista.

–No crea que trato de enseñarle su oficio, doctor –dijo. Y así conoció Louis a Judson Crandall, el hombre que debió ser su padre.

3

Les vio llegar desde el otro lado de la calle, y venía a ver si podía ayudar en algo, porque le pareció que estaban «un poco agobiados», para usar su expresión.

Mientras Louis mantenía al niño contra su hombro, Crandall se acercó, miró el bulto del cuello de Gage y extendió una mano maciza y deforme. Rachel abrió la boca para protestar –parecía una mano muy torpe y era casi tan grande como la cabeza de Gage–, pero antes de que ella pudiera articular palabra, los dedos del anciano habían hecho un movimiento certero, con tanta agilidad y precisión como los de un malabarista que hiciera pasear las cartas sobre los nudillos o escamoteara una moneda. Y ya estaba el aguijón en la palma de la mano.


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