Arcontes

por Karime Cardona Cury

7 minutos

Comparte el capítulo en

CARNADA

La noche reinaba absoluta en las calles.

Helena avanzó con cautela por los adoquines del Centro Histórico de la ciudad de Guadalajara, apretando su abrigo. Todos sus sentidos estaban alerta.

De pronto, sintió el conocido picor que identificaba con una zona en la que suceden hechos inexplicables. Sobrenaturales. Semejaba una vibración que sacudía su cuerpo, electrizándolo. Se le tensaron los músculos, y sus pies se detuvieron.

Observó con mayor detenimiento el entorno. Una neblina informe, grisácea y helada oscurecía la plazoleta, llena de arcos coloniales y fuentes roídas. Los edificios monumentales del palacio de gobierno y la catedral brillaban con destellos ámbar.

La muchacha suspiró y extrajo un medallón de entre sus ropajes. Era grande y redondo, compuesto por dos círculos concéntricos. El círculo interno tenía la imagen de un par de alas encontradas: una negra y una blanca. Debajo de la negra se leía noctis, y por encima de la blanca, lucis.

En ese momento, el ala blanca miraba hacia arriba. Helena giró el círculo interno del medallón, de tal forma que la posición de las figuras cambió. Ahora el ala negra se encontraba en la parte superior.

El panorama cambió drásticamente. Los edificios se habían convertido en ruinas, carcomidas por el paso del tiempo. Los arcos de la plaza y sus adoquines parecían a punto de desmoronarse. Incluso la oscuridad era más ominosa y siniestra.

Helena guardó el medallón y se apretó aún más el abrigo contra el cuerpo. Su respiración dejaba escapar un vaho helado. Del cielo comenzaron a caer algunos copos de nieve que se deshacían al tocar el suelo.

Acababa de entrar a la Bruma, el mundo espiritual. Ésa era la magia del medallón duálitas, aunque Helena odiaba la palabra «magia» y todas sus connotaciones. Prefería pensar en una ciencia antigua, perdida para los humanos. O al menos para la mayoría de ellos.

La Bruma era una realidad alterna, el sitio en que los fantasmas, ángeles y demonios pululaban. El hogar de los seres feéricos. El portal que unía todas las leyendas con la realidad, un mundo intermedio. En la Bruma, hasta la más bella habitación lucía marchita. Las construcciones reflejaban casi siempre alguna desgracia acontecida en el pasado; los fantasmas que habitaban ahí trastornaban el ambiente con su presencia, como si los recuerdos tuvieran vida propia.

«La Bruma es un mundo de sueños», solía decir su padre. De pequeña, Helena había tenido visiones de ese sitio. Todos los que nacían con sangre de arconte poseían esa facultad.

Para Helena, la Bruma era una máscara gris debajo del mundo real, un tejido de pesadillas, invisible para las personas ordinarias. De por sí entrar en ella era exponerse a sus habitantes, pero usar un medallón duálitas se asemejaba a colocarse debajo de un faro: todas las criaturas que habitaban el otro mundo volteaban a contemplarla.

Por esta razón, Helena siempre cargaba consigo su daga, llamada Cielo. Era un arma especial, forjada para derrotar a los entes espirituales.

No obstante, en esta ocasión iba desarmada. Así que debía ser doblemente precavida. Esa noche, era la carnada.

Odiaba ser la carnada.

Conforme avanzaba, sintió las miradas de todos los espectros que bullían en los alrededores. Cuando su hermano y ella iban de cacería a un edificio o casa, encontraban a lo sumo dos o tres fantasmas. Sin embargo, en el Centro Histórico navegaban cientos de fantasmas, formando una amalgama de diferentes épocas, circunstancias y sentimientos.

Algunos ostentaban ropas de la época colonial: largos faldones o camisas campesinas. Otros lucían más modernos y caminaban con expresiones ansiosas o perdidas. Contempló a un hombre que revisaba su reloj con insistencia, y a un joven con la cara dañada y los ojos fijos en un teléfono celular. Helena se imaginó que había muerto atropellado mientras mandaba un mensaje.

Sin embargo, los fantasmas no eran los únicos entes que vagaban por ahí. Vio caballos espectrales, cuyos jinetes iban vestidos para la guerra. También contempló criaturas sin rostro, changelings y otros seres feéricos, que merodeaban en la frontera con el mundo humano. Sus siluetas oscilaban constantemente y se confundían en un borrón de sombras.

Cada uno de ellos la miraba con curiosidad. Su luz y calor los atraía.

Helena avanzó con la cabeza en alto, indiferente a todos. No solían molestarla las miradas de los entes de la Bruma, pero aquí había demasiados. Maldijo entre dientes a su hermano, Aarón.

Continuó avanzando hasta el gran reloj, en la torre de una iglesia carcomida. En ese momento, era un fósil más sin memoria, decorado por el tiempo. Algunas criaturas sobrevolaban su cúspide. Debajo de él, a la altura de los arcos de la plaza, existía una penumbra casi corpórea, palpitando, expectante.

Helena se detuvo a medio camino y observó con suspicacia la oscuridad. A pesar de la distancia, podía sentir la maldad en ese sitio. La piel se le erizó y, una vez más, deseó tener su daga. Sería casi inútil contra el demonio que había ido a buscar, puesto que Cielo sólo ahuyentaba a entes de luz, pero traerla aferrada a la mano le habría dado valor.

Quizá la salvaría de una muerte ridícula, a causa de un demonio guerrero.

Para distraerse de sus pensamientos funestos, repasó en la mente el encabezado del periódico que la había llevado hasta ahí.

Asciende a doce el número de víctimas en la plaza mayor del Centro Histórico. Los cuerpos son encontrados decapitados a un par de metros del reloj.

Su hermano, Aarón, quien hurgaba encantado en cada noticia sobrenatural que llegaba a sus manos, había descubierto, en un libro de folclor de Guadalajara, que la leyenda de este asesino llevaba algunos años entretejiéndose con las historias de la ciudad. Había un párrafo en especial que había llamado la atención de Aarón:

Al dar la doceava campanada, el joven artesano escuchó una voz susurrar a su oído. Dio media vuelta para contemplar a su interlocutor, pero se percató de que estaba solo.

—Hay cientos de historias así —protestó Helena cuando Aarón le mostró esa página—. La mayoría se refieren a demonios vencidos siglos atrás.

Su hermano, en cambio, sonrió.

—Pero este periódico es reciente —apuntó Aarón, dándose aires de superioridad—. ¿Ves la fecha? —La joven torció los labios al leer el dato. El periódico era de dos días atrás—. Es una misión, Helena.

Tuvo que conceder la razón a su hermano. Aun así, su idea no le gustaba.

—Podría confundirse con un demonio susurrador, pero por la forma en que mata, diría que es un demonio guerrero —atajó Aarón antes de que ella pudiera decir algo—. Lo equivalente a un soldado raso. Debe pedir permiso para matar. ¡Qué bien!

—¿Cómo sabes que es un guerrero? —preguntó ella, cruzándose de brazos. Quería protestar sólo por el placer de hacerlo.

Su hermano le lanzó una de sus sonrisas altaneras.

—Imagina que vas caminando por la plaza. Él se acerca por detrás; te llama por tu nombre. Es un demonio-soldado raso; no puede atacar a un humano sin órdenes de sus superiores. Así que aguarda a que tú le des permiso de matarte.

—Nadie en su sano juicio le daría «permiso» a un demonio para que lo mate —protestó Helena, con un estremecimiento.

—Basta con que le respondas. Si un solo sonido escapa de tu garganta, él dará por sentado que le has permitido matarte, claro.

Claro.

Helena volvió a mirar los arcos oscuros. Sentía una presencia ahí, oculta entre las sombras. Sabía que, si se acercaba más, podría percibir su aroma a cenizas, azufre y sal. No era la primera vez que se hallaba en presencia de un demonio. Aun así, el corazón se le aceleró. Detestaba y temía a esas criaturas. Por eso le alegraba que su hermano fuera el arconte de oscuridad, en vez de ella.

Avanzó un par de pasos. Al momento, sintió las miradas de los espíritus desvaneciéndose; eso indicaba que acababa de entrar a una sección más profunda de la Bruma. Estaba cruzando uno de los puentes hacia el otro mundo.

A juzgar por el aroma a pudrición y la oscuridad fría, debía ser la entrada a una dimensión demoniaca.

A pesar de todo, no se detuvo. Avanzó hasta el pórtico, donde la penumbra era más densa. El corazón le golpeaba las costillas, y cada uno de sus latidos parecía pronunciar: «carnada, carnada, estúpida carnada». Por instinto, llevó una mano al sitio en que ocultaba su daga por lo general. No encontró nada. Iba desarmada.

Contuvo una maldición y se recargó en el arco más próximo. Al instante, sintió que un fragmento de la oscuridad se aproximaba. Era un ente rodeado de un aura fría que se deslizaba en la penumbra, tocándola, probándola. Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no alejarse gritando. Permaneció quieta en su lugar, mientras el aroma a pudrición se intensificaba y la oscuridad se condensaba en un solo ente.

Cada demonio tenía un olor distinto, y no todos eran desagradables. Dependía de su estatus, de su alimento. Este guerrero olía a sal, acero y alcantarilla. Rebasaba los dos metros. Su musculoso cuerpo semejaba el de un fisicoculturista, con vello oscuro e hirsuto en pecho y brazos. Sus piernas eran gruesas y estaban cubiertas con escamas de dragón.

—Hermosa —pronunció la criatura en una lengua gutural, demoniaca, que ella apenas conocía. Después lo repitió en idioma humano, al tiempo que uno de sus dedos gruesos tocaba la mejilla de la chica. De nuevo, Helena tuvo que reprimir un grito.

Lo miró de reojo, muy quieta. «Hagas lo que hagas —le había recalcado Aarón por lo menos un millón de veces—, no le hables, no respondas, no emitas un solo sonido».

El demonio dio un par de pasos para acorralarla contra la oscuridad. Sus labios se expandían en una sonrisa luminosa. Clavó los ojos pálidos en ella.

Helena lo examinó, buscando el arma con la cual degollaba a sus víctimas. Entonces descubrió que uno de sus brazos poseía un lado afilado y dentado.

—Helena —susurró él, sobresaltándola. La arconte alejó la mirada del arma y la dirigió al rostro del demonio. Un nuevo estremecimiento la recorrió—. ¿Qué te trae por aquí? —pronunció él con dulzura, como si fuera su enamorado.

Se sintió compelida a responder. Sus labios se separaron, pero, en ese instante, su fuerza de voluntad se sobrepuso. Cerró la boca y le sonrió.

El demonio frunció el cejo. Observó con más cuidado a la muchacha ante él. Helena sabía que era cuestión de tiempo para que descubriera su identidad.

Hizo un movimiento rápido, agachándose y girando por detrás del guerrero, para quedar a su espalda. Él fue más rápido: de nuevo se encontraba a un lado de ella. La sujetó con la fuerza de una prensa hidráulica.

—¿Eres una de ellos? —inquirió con un siseo furioso.

Helena trató de dominar el dolor, de ignorar los destellos blancos que la cegaban, pero no pudo evitarlo: sus labios se abrieron y jadeó.

El demonio lanzó una carcajada triunfal. Arrojó a Helena hacia la plaza, a su sitio favorito para matar: al pie de la torre del reloj. Mientras rodaba, la muchacha trató de asirse a algo para frenar el impacto. El soldado saltó sobre ella en un santiamén. Al ver el brazo-espada descendiendo sobre ella, Helena aprovechó la inercia y el impulso que llevaba para girar una vez más, y se puso de pie de un salto.

El impacto de la espada hizo resonar la plaza entera. Los espíritus, que antes se movían con indiferencia, alzaron la vista y contemplaron el espectáculo.

— Arconte —gruñó el demonio. Su tamaño aumentó; ahora era un verdadero titán. Helena se encogió y comenzó a rezar en silencio.

Justo entonces, la daga de Aarón descendió por la espalda del demonio con un movimiento continuo. La criatura aulló de dolor y se volvió hacia el muchacho, que había aparecido detrás de él. Helena agradeció que su hermano fuera alto; llegaba más arriba de la cintura del monstruo, no como ella. También era muy ágil y veloz.

Y le gustaban las entradas dramáticas. Lo maldijo entre dientes una vez más.

El guerrero se desentendió de ella y le lanzó una estocada a su nuevo enemigo. Aarón la esquivó con ligereza, retrocediendo a una velocidad superior a la ordinaria. El demonio no se detuvo: continuó arrojando su brazo-espada contra él una y otra vez, sin gracia ni tino.

Aarón eludía la mayoría de los golpes y contenía los demás con su daga curva y ornamentada, casi tan larga como una espada. Los símbolos en la hoja brillaban a pesar de la penumbra. Helena conocía esos signos de memoria: los veía todos los días. Eran una serie de protecciones especiales que anulaban los poderes de diferentes criaturas. Al centro de todos los símbolos podía leerse: Arconte de oscuridad.

El muchacho se agachó y le rebanó los tendones al enemigo. La bestia cayó pesadamente hacia atrás. Aprovechando su debilidad, clavó la daga en el pecho del demonio, justo en el centro. Un chorro espeso de sangre con olor a alcantarilla salió de la herida. La mirada de la criatura se enturbió, pero sus labios enunciaron una amenaza:

—Malditos arcontes…, regresaré por ustedes.

Miró primero a Helena, que brillaba en la oscuridad, y luego a Aarón, con el cabello azul oscuro, los ojos castaños, la sonrisa fácil. Levantó la mano y pronunció algo en la lengua de los caídos. Aarón le respondió en el mismo idioma.

Típico de su hermano, burlarse de los demonios. La piel de Helena se erizó. Aún no podía acostumbrarse a ese horrible intercambio.

El joven arconte grabó con su daga una figura en el pecho del demonio y el guerrero comenzó a humear, como si le hubieran arrojado agua bendita encima. Su cuerpo se fue evaporando. Cada uno de los símbolos en la daga brilló por un instante, y después nada. Simple oscuridad.

Aarón caminó hasta Helena y le tendió una mano.

—Te tardaste —lo reprendió, incorporándose, y se sacudió la ropa. No permitió que la ayudara—. Creí que esa cosa me iba a rebanar en dos.

Aarón sonrió.

—Te aconsejé que no charlaras con él.

—¿Charlar? —Helena le mostró su brazo. La mano del demonio le había dejado severos moretones en la piel—. Casi me arranca el brazo.

Aarón hizo lo que ella más odiaba: la besó en la frente como si fuera una niña.

—Lo lamento, hermanita.

Helena sujetó su medallón duálitas entre sus dedos, miró a su hermano con furia por última vez y giró la base del medallón, de tal forma que el ala luminosa estuviera arriba. El mundo de bruma desapareció, dando paso al mundo humano.

—¡Helena! —gritó la voz nerviosa de su amigo Oz, al tiempo que la revisaba y hacía una mueca hacia su brazo—. ¿Estás… bien?

Guardó silencio: sabía que acababa de hacer una pregunta tonta. Oz podía ser muy inteligente y un as en las referencias históricas, pero carecía de habilidades sociales.

Helena lo tomó de los hombros. Era tan delgado que parecía un niño, a pesar de que en un mes cumpliría dieciséis años. Lo miró a los ojos, de un pálido verde, y le sonrió.

—Aarón hizo su entrada triunfal un poco tarde. Odio ser su carnada. Pero quitando eso, sobreviviré.

—Le dije que iría yo en tu lugar —protestó Oz. Helena seguía sonriendo.

—Si fueras tú y te mataran, nos quedaríamos sin nuestra wikipedia ambulante —respondió Aarón, emergiendo de la Bruma con elegancia, como quien sale de una entrega de premios—. Helena no es esencial.

La muchacha dirigió una mirada furiosa a su hermano. No le gustaba que bromeara de esa manera.

—Vi el humo —apuntó Oz después de un silencio incómodo. Señaló la mancha de grasa que quedó en lugar del demonio vencido—. Me gustará leer las especulaciones en el periódico de mañana.

En ese momento, sonaron las dos de la madrugada. Aarón bostezó ostensiblemente.

—Vámonos a dormir. Mañana tengo examen de ecología, y no creo que papá soporte que vuelva a reprobar.

Helena asintió de mala gana. Habría preferido que su padre no los mandara a misiones a media semana, pero algunas cosas no podían esperar.

Caminó adolorida. Cuando la criatura la había lanzado al piso, se había raspado las piernas y se le habían rasgado los pantalones. Otro par a la basura. Por unos segundos, fantaseó con tener una vida común.

—Dame mi daga —gruñó a Aarón.

Su hermano se abrió la chamarra de piel, dejando al descubierto un tahalí del que colgaba la daga de Helena. Extrajo a Cielo y se la tendió. La muchacha la tomó con fuerza y suspiró. Su daga se sentía reconfortante en su mano. La colocó en el lugar usual: su pantorrilla, escondida por la bota.

—¿Cómo sucedió? —inquirió Oz con inseguridad. Sabía que Helena no disfrutaba hablar del tema, pero Aarón lo adoraba. Durante todo el camino de regreso, estuvo alardeando de su batalla, como si hubiera sido una lucha campal contra un héroe del Olimpo.

Ella prefirió desconectarse de la charla. Le parecía que tarde o temprano el exceso de confianza de Aarón terminaría ocasionando un desastre. Su trabajo no era fácil; implicaba muchos peligros. Bastaba pensar en sus padres. Las cicatrices de su papá. La muerte de su mamá, cuando eran niños. Su padre lo había explicado con palabras escuetas, frías, mientras trataba de contener las lágrimas:

Uno de ellos la siguió a nuestra casa.

Ambos entendían el significado de esa frase. Su madre había sido, al igual que su hermano, arconte de oscuridad. Su misión era mandar a los demonios, brujas, silfos y demás criaturas dañinas de regreso adonde pertenecieran. ¿El infierno? ¿Una dimensión oscura? ¿El olvido? Helena prefería no especular. Sólo sabía que ése era el trabajo más peligroso de los cuatro que existían en su sociedad, el que sólo un primogénito tenía derecho de llevar a cabo.

Los arcontes de luz, como ella, sólo se enfrentaban a fantasmas ordinarios, hadas comunes o entes que habían perdido el camino. Eran más diplomáticos que cazadores. Este papel lo desempeñaba el segundo hijo de una familia de arcontes. Cuando una familia llegaba a tener un quinto hijo, éste era nombrado «erudito». Ésa era la posición de su amigo Oz. Su misión era investigar, estudiar, saber. Jamás cazaban.

A menudo, Helena pensaba que la distribución de responsabilidades era muy injusta. Pero ella no había hecho las reglas, y tenían alguna razón de ser. Estaba casi segura de ello.

Llegaron a casa cerca de las tres de la mañana. Aarón entró haciendo ruido y despertó a su padre para platicarle con lujo de detalles lo ocurrido durante la cacería. Helena pasó de largo, abrió el congelador, ignoró los frascos con medicinas herbales y sacó la bolsa de hielo. Ésa era una de las diferencias entre ella y las personas normales: ¿quién tenía en su refrigerador ungüentos para quemaduras de demonios, desinfectantes para mordidas de faes y un equipo completo de primeros auxilios?

—¿Estás bien, Helena? —preguntó Álvaro, su padre. La preocupación le ensombrecía el rostro delgado. La cicatriz debajo del ojo izquierdo lucía particularmente oscura, como su mirada.

Desde la muerte de su madre, se había vuelto sobreprotector, y Helena no se sorprendía por ello. La chica se limitó a asentir.

—Déjame ver. ¿Necesitas que te inyecte un calmante para el dolor?

—No, gracias —respondió, encogiéndose de hombros. Su padre era alto, delgado, con ojos castaños, y tenía el cabello del mismo tono rojizo que ella.

Una vez, durante una reunión escolar, los chicos se habían burlado de sus padres. Su madre tenía el cabello largo y azul, y el de su padre era un rojo que parecía poco natural. Uno de los niños le había preguntado: «¿Pertenecen a algún culto secreto?».

Culto secreto. Helena sabía que eso no estaba muy alejado de la realidad. Si les platicaba a sus compañeros a qué se dedicaban su padre, su hermano y ella misma, los tildarían de locos, cuando menos.

—Voy a dormirme —les dijo, aunque ninguno la escuchó. Estaban emocionados con la charla sobre el demonio guerrero. Suspiró y se metió a su cuarto.

Arrojó la ropa al suelo y se echó sobre la cama, sin prender la luz. Había dejado de sentir miedo a la oscuridad mucho tiempo atrás, pero, a veces, las pesadillas amenazaban con desquiciarla.

Se quedó dormida, con la bolsa de hielo contra el brazo y la certeza de que le quedaban apenas tres horas de sueño.


¡Gracias por leer a Karime Cardona Cury !

Leíste 7 minutos

Llena el siguiente formulario y acumula el tiempo leído. Por cada 10min registrados en esta plataforma, Penguin Random House donará un libro a a Save the children.

¡Deja que los libros te inspiren! Participa en nuestro sorteo

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad